Oficios perdidos: el sereno.

Diario ABC

En aquella España gris, en blanco y negro, con un solo canal de TV, al anochecer, como si de murciélagos se tratara, aparecía una especie que con el tiempo se extinguió. Era el sereno.

El sereno era una figura respetada en el vecindario. Era una especie de policía de barrio que actuaba en solitario, sin uniforme y sin más armas que su garrota o chuzo, una especie de lanza corta compuesta por un palo con un pincho en la punta. Estaba a cargo de un barrio, una serie de manzanas, alrededor de las cuales vigilaba la noche impidiendo con su presencia que se produjeran robos de coches, altercados, o se alterara la paz de los durmientes.

Recuerdo que cuando en verano emigrábamos a Galicia, a la playa, con el fin de ganar tiempo, mi padre dejaba las maletas sobre la baca del Seat 600 toda la noche. Entonces, cuando lo tenía todo casi listo, llamaba al sereno y cuando acudía, le pedía por favor que le echara un vistazo esa noche y le daba una propina para que se tomara un café al terminar el turno.

Para hacerse notar golpeaba el cayado contra el suelo. Si llegabas a casa y te encontrabas con tu portal cerrado y por casualidad, no tenías llave, sólo tenías que dar unas palmadas y gritar tan fuerte como pudieras ¡sereno! Dependiendo de dónde estuviera en esos momentos y de su capacidad de orientación, al cabo de unos minutos escuchabas al sereno anunciando su llegada con un ¡ya va! al tiempo que emitía señales acústicas con su palo. En caso necesario usaban un silbato, al más puro estilo Bobby londinense, para dar la señal de alarma.

Su trabajo se esfumaba cuando asomaban los primeros rayos de luz.

Sin embargo, originariamente, el cuerpo de serenos no nació con el fin de salvaguardar a los ciudadanos, como comúnmente se piensa, sino más bien para encender, apagar y mantener los faroles de gas en óptimo estado. Su misión principal consistía en resguardar los citados elementos y evitar que los gamberros los destrozasen. Un trabajo que se remonta a 1765, cuando Carlos III liberó a la población de la obligación de cuidar los faroles, que previamente mandó colocar en las calles. ([1])

Como curiosidad cabe destacar que este cargo requería cumplir con una serie de requisitos: tener 20 años cumplidos, medir -como mínimo- cinco pies de altura, clara voz, robustez y agilidad además de no haber sido procesados por embriaguez o camorrismo.

Esta figura desapareció de nuestra geografía nocturna en 1977. Más de doscientos años después de haber sido instaurada.


[1] Cristian Quimbiulco – ABC (02/07/2015)

Carlos Usín

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