La chica de las medias.

El barrio en el que crecí estaba lleno de tiendas de esas que ya no existen, porque el tiempo y la modernidad han ido borrando del mapa de los negocios. Esas tiendas eran de visita diaria casi obligada porque no sólo había que salir a comprar comida, pan, leche y fruta, también, de vez en cuando, necesitabas productos de limpieza o papelería, por ejemplo.

La droguería tenía una mesa larga de madera maciza, algo combada en el medio por el peso de los años y de las personas que ahí se apoyaban. Allí podías comprar desde productos de aseo personal, hasta pinturas para pintar las paredes de la vivienda, pasando por colonias, papel higiénico o perfumes. Antonio era el encargado. A pesar de su juventud – veintiséis años – lucía una esplendorosa calvicie lo que le hacía parecer mucho más viejo de lo que era.

Según entrabas, a mano izquierda, había una chica rubia y con unos inmensos ojos azules. Su sonrisa iluminaba aquel espacio algo sombrío mientras te atendía sentada en su silla de ruedas. Al parecer, fue la polio la causante de su postración.

El trabajo de Isabel, que así se llamaba, consistía en reparar las medias de las señoras. En aquellos años, salir a la calle sin medias era considerado casi un sacrilegio y desde luego, estaba muy mal visto. Pero su uso conllevaba algunos riesgos y uno de ellos era que de vez en cuando, se soltaban los puntos y se producía la famosa “carrera”. Cuando se daba esta circunstancia, las señoras tenían dos alternativas: o se compraban unas nuevas o acudían al taller de reparación de Isabel para dejarlas como nuevas.

Isabel era de tez muy blanca, unas manos delicadas y unos dedos largos y finos, adornados con unas uñas muy largas y cuidadas. Siempre ponía mucho esmero en tratar las medias que le entregaban, analizando con sumo cuidado los posibles desperfectos. Para ello, cerraba el puño y escondía sus uñas para evitar dañar aún más lo que le acababan de entregar, mientras con la otra, se ayudaba para ir estudiando cómo de dañada estaba la prenda.

Para su trabajo usaba una aguja eléctrica especial. Colocaba la media en un cilindro hueco de unos diez o quince centímetros de alto, con una base amplia y sólida que aseguraba su firmeza. Después, hacía correr la media empujando hacia abajo, como si se tratara de un profiláctico gigante. El hueco del cilindro era el que usaba para permitir que la aguja atravesara el tejido y así recomponer la media dañada.

Ninguno de estos oficios ha sobrevivido al paso del tiempo. Las tiendas de barrio lo han hecho sólo en algunos barrios de Madrid – e imagino que de otras grandes ciudades – pero más por tradición que por otra cosa. Estas tiendas en las que todos se conocían y se trataban casi a diario, y conformaban una familia muy especial, han sido sustituidas por los grandes centros comerciales y los supermercados.

Resulta curioso comprobar cómo cambian los tiempos. Hoy en día las chicas más modernas procuran llevar las medias desgarradas, como si hubieran sufrido un accidente y con agujeros en los que cabe un puño. Pero, claro, estamos hablando de otra época muy distinta.

© Carlos Usín

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s