HIJOS by Pedro Martínez de Lahidalga

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Los primeros cuarenta años de la infancia son siempre los más difíciles” (Anónimo)

 Todos somos hijos de alguien (cosa que no tiene mayor mérito) pero, ante todo, somos descendientes de algo (aparte de la ameba) mas la gran cuestión se nos plantea cuando tomamos la decisión de tener a nuestros hijos, esa pretensión de pasar a ser padres aceptada como una experiencia vital única de amor en estado puro. Si previamente hubiese venido al caso valorar ciertos aspectos medioambientales, como que la población mundial ronda los siete mil quinientos millones de habitantes o, visto desde otra perspectiva, el que nuestros grandes referentes (Platón, Hobbes, Locke, Hume, Descartes, Kant, Nietzsche, Sartre, Smith, Voltaire, Spinoza, Shopenhauer…) nunca los tuvieron, hubiese parecido más apropiado habérselo pensado dos veces o mejor, haberlos adoptado. Lo mío hace tiempo que ya no tiene remedio, se llaman Miguel e Irene.

 Miguel, nombre elegido por pura fonología (desechado su referente arcangélico) por el propio deleite de poder escuchar el sonido gutural del fonema “g” (un radical morfemático dedicado a señalar “lo gustoso”, “lo alegrador”, “lo aliviador”, “lo que se ve bello”, “lo que da vida”) e Irene, nombre que, aparte su delicado sonido, entraña en su expresión connotaciones semánticas como vocablo que atesora una imagen mental de serenidad y apacible dulzura, en consonancia con su propia etimología y significante. Deriva del griego antiguo Eirene, voz aún más bella, que cabe ser interpretada por “aquella que trae la paz” o, lo que viene a ser lo mismo, “apacible”.

 Dejó escrito Wittgenstein que el nombre tiene como función reconocer a alguien como tal y unificar en un sujeto sus características (los rasgos de su subjetividad) no quedando sólo en un instrumento o institución que unifica el “Yo”, sino que es en sí mismo el sujeto: “El sujeto no es otra cosa que un significante lingüístico, un nombre propio” (ahí es nada). Aun no comulgando del todo con esa idea de que el sujeto esté en el límite del mundo sostenido por su nombre, sí que nos debe hacer sospechar que alguna importancia hay que darle, como esa primera etiqueta que delata ante todo a los padres, pero que puede llegar a influir en los hijos. En ese aspecto, el primer mandamiento de mi propia normativa prohíbe usar el nombre de los padres u otros familiares en tanto representación o continuidad de un legado; el segundo consiste en evitar rebotarles nuestros propios miedos, complejos o frustraciones con la fútil utilización de extraños referentes artísticos, deportivos, políticos o novelescos y el último de los auto-exigidos preceptos propugna desligar al infante de cualquier tipo de connotación trascendental, mitológica, histórica o de otra índole que conlleve aires de grandeza o superioridad.

 Pasados ya los tiempos en el que podías acabar crucificado con el nombre del abuelo, la abuela o del santo del día (Pascasio, Canuta, Honorato, Tiburcia, Agapito…), del patrón o la virgen de turno (Abundio, Severa, Prudencio…), hoy es el día que aún se mantiene en ciertas familias la tendencia a heredar el nombre (preferentemente del padre) como continuidad de un pretendido linaje o, quizás, como un desesperado intento por acertar de una vez con el personaje, por ver si éste es al fin un Pepe Luis conseguido, el definitivo, no como su padre. En la actualidad observo con cierta incomodidad, por lo que implica de ingeniería social subyacente, que la opción abrumadoramente mayoritaria en ciertas regiones sea elegir nombres de los entendidos como políticamente correctos: los Jordis y Meritxelles catalanes, los Unais y Ainaras vascos, los Agoneis y Yurenas canarios, los Bieitos y Uxías gallegos… subliminalmente tratados como adecuados por unos medios en manos del poder dominante (televisiones autonómicas y otros creadores de opinión debidamente subvencionados) que se valen tanto de la ingenuidad y bonhomía generales como del miedo atávico que tiene el personal a llegar a ser sospechoso de desafección, en esta nueva especie de franquismo inverso y sutil.

 Bueno, ya les hemos puesto nombre a los niños (con eso nuestro amigo Ludwig ya prácticamente hubiese acabado la tarea) al resto de los mortales nos quedaría la más importante, la educación. Últimamente ha decaído la gran tradición occidental de instruir en base al esfuerzo y vemos con preocupación cómo predomina un tipo de educación, llamémosle posmoderna, consistente en ocultar la realidad aún a sabiendas que ante la realidad siempre se está en primera fila. Alternativamente ha sido sustituida por una ideología buenista que, aparte de tener que soportar el sesgo político inoculado en las distintas escuelas públicas, a la postre se ha mostrado a más de falaz, ineficaz. Escuelas de un acaramelamiento soez que prometen experiencias en lugar de trayectorias, en las que está prohibido competir, todos ganan y nadie pierde cuando juegan (vamos, como la vida misma) y donde la felicidad se entiende como un recorte de las propias aspiraciones. Como lo expresa un reputado -dicho sin segundas- pedagogo de forma un tanto brusca, pero que encierra un fondo de verdad “tenga usted un hijo feliz y tendrá un adulto esclavo” en el sentido de que, si no lo educa en la valentía y el coraje de afirmación en la vida, aún a sabiendas de que es injusta, prácticamente tiene asegurado el fracaso.

 Afortunadamente, en el momento que menos lo esperas, los niños te contestan con un ¡no! (como dice el otro, matan al padre que soy yo) y por eso sabes que ya han madurado. Si, como leí hace algún tiempo a M. Vicent, el hombre de Cro-Magnon le hubiera dicho a su hijo no me gusta que salgas de noche, a las nueve te quiero en casa, y éste hubiera obedecido, hoy estaríamos todavía en el tiempo de las cavernas, donde resulta fácil imaginarse (en una versión libre del Génesis) a un primate vestido con túnica que, después de coronarse a sí mismo con cuernos de oropel, manda a sus hijos que no coman el fruto del árbol prohibido: si Adán y Eva, una pareja de monos perdidos por el gran valle del Rift, no hubieran desobedecido aquella orden, aún estaríamos en el paraíso jugando con unos cocos.

 Hoy hemos acompañado a mi hija en su graduación como médico (ahora se dice médica) y os puedo confesar que me he vuelto a sentir (años ha, lo había experimentado con mi hijo) el ser más feliz de la tierra, eso por decirlo sin exagerar.

 También sé que, a pesar de la imposibilidad de seguir jugando con los cocos en algún jardín del Edén, lo mejor está aún por llegar.

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