El fabricante de hielo.

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El fabricante de hielo.

El hielo es desde hace mucho tiempo uno de los elementos más codiciados por el ser humano. En la antigüedad, los romanos enviaban a un gran número de recursos a las montañas para buscar nieve y formar unos grandes bloques y así, poder transportarlos envueltos en arpillera y pieles para mantenerlos fríos, todo lo cual, lo convertía en algo al alcance de los más poderosos.

Los egipcios, unos tres mil años A.C. ya utilizaban unos depósitos de hielo a modo de neveros. Y después tanto en Mesopotamia como los griegos, 400 años A.C. usaban las “casas de hielo”.

En el barrio en el que crecí de niño sólo tenías que cruzar la Avenida Gran Vía de San Francisco, y en sus callejuelas podías encontrar todas las tiendas necesarias. Las típicas tiendas de barrio.

Estaba la droguería-perfumería, donde podías comprar tanto una colonia, cinco kilos de pintura o un bote de lejía. También había un puesto a pie de calle, sin puerta ni nada, donde Charo te vendía toda clase de aceitunas, encurtidos y algún bollo relleno de crema para merendar. Y un poco más allá estaba el que te vendía el hielo.

El hielo se fabricaba en unas barras con forma rectangular y muy largas. Al comprar el hielo tú le indicabas si querías media barra o un cuarto. Rara vez un particular iba a comprar una barra entera. Entonces el dependiente cogía un punzón, del mismo estilo que usaba Sharon Stone mucho tiempo después, separaba un cuarto de barra, la metías en el carro de la compra y te ibas derecho a casa rezando para que el hielo no se deshiciera antes de llegar. Luego, lo metías en una nevera, cuya única misión era conservar todo el tiempo que fuera posible el frío de la barra de hielo.

Antes de la llegada del frigorífico, la nevera fue el escalón intermedio entre la fresquera y el frigo. La fresquera era una especie de alacena en la que los productos se mantenían al fresco natural. La nuestra estaba bajo de la ventana de la cocina. Daba al patio interior donde las vecinas tendían la colada colgando las ropas en cuerdas que iban de un lado a otro del patio. Ello necesitaba de una cierta colaboración a la hora de lavar la ropa, no fueras a coincidir con tu vecina de enfrente.

El hielo también era súper útil cuando salíamos algún fin de semana con el Seat 600 a hacer alguna excursión. En la nevera, llevábamos las bebidas y el hielo era imprescindible para mantenerlas frías. Algunas veces nos limitábamos a coger la carretera N-II, la de Barcelona y nos dirigíamos camino del aeropuerto de Barajas. Eso, en aquellos años, era campo puro. En algún momento encontrábamos un hueco donde aparcar el coche a la sombra, desplegar el mantel, los platos de plástico, y la comida, mientras veíamos despegar a los aviones, no demasiado lejos de donde estábamos nosotros.

Los avances tecnológicos y la mejora de la calidad de vida de los españoles, enviaron a los fabricantes de hielo a su casa. Ahora el hielo te lo venden en las gasolineras, en los supermercados y vienen en cubitos en bolsas de plástico. Hasta hay frigoríficos que te los fabrican ellos mismos y sólo tienes que poner el vaso debajo.

Carlos Usín

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