El carbonero.

Diario ABC

SERIE OFICIOS PERDIDOS.

El carbón era por aquel entonces, la fuente principal de energía. Aquellos bloques de viviendas que disfrutaran de calefacción central – que no todas las casas lo tenían – se nutrían de carbón.

Cada año, a mediados de septiembre – las calefacciones no se podían encender antes del 1 de octubre a las diez de la mañana – se repetía la misma imagen: un camión cargado de carbón aparcaba junto a la entrada del bloque de viviendas a la espera de ser descargado. La trampilla de entrada del material estaba justo al lado del portal de entrada, pero presentaba un grave inconveniente: si se volcaba todo el mineral sobre la acera y se introducía a paladas en la caldera, la acera quedaba ennegrecida durante semanas y los coches y los vecinos, no estaban por la labor. La descarga, por tanto, era manual.

Desde el camión se iban rellenando unos capazos o sacos, que se entregaban a unos hombres. Éstos los cargarían sobre sus espaldas y los depositarían en el almacén. Vestían una especie de capa de cuero que se enganchaba con una capucha en la cabeza. A pesar de todo, terminaban como tizones después de pasarse medio día acarreando el negro mineral. Impresionaba llegar a casa y ver cómo el blanco de sus ojos resaltaba sobre el negro del resto de su cara y sus manos.

Después de la descarga el responsable de gestionarla era el portero, que vivía junto a su familia, en un piso del bloque. Él era quien, por la noche, antes de que los vecinos se retiraran a descansar echaba unas cuantas paladas de carbón a la caldera para que pudiéramos dormir calientes. Al día siguiente, hacía lo propio a partir de las diez de la mañana.

Además de este uso, digamos, industrial, muchas personas disponían de una mesa camilla, un mueble al que se añadía – si no lo traía de fábrica ya – una tarima con un orificio circular en los pies, sobre la que se colocaba un recipiente con carbón. Una vez sentados a su alrededor, con los pies apoyados en la tarima y con los faldones de la mesa convenientemente colocados sobre las rodillas, las tertulias familiares eran mucho más agradables, más calentitas, sobre todo en aquellos hogares que no disponían de calefacción central. Para estos otros usos más individuales, existían los dispensadores de carbón a granel.

Uno se acercaba a comprar carbón de igual modo que salía a comprar la carne, el pescado o la fruta. Entonces, había que salir de casa a diario para comprar, hasta que el uso del frigorífico fuera asequible y se popularizara. 

Madrid, España, años sesenta.

© Carlos Usín

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