Chapuzas vs manitas.

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El otrora individuo conocido como “chapuzas” respondía a un perfil inconcreto por su variada gama de actividades y orígenes. De hecho, el término “chapuzas” tenía una clara connotación peyorativa por parte de aquel que contrataba sus servicios. Esta insatisfacción se debía, principalmente, a la escasa – o nula – calidad del trabajo del contratado y ésta, a su vez, a la inexistente formación previa en semejantes menesteres, al tiempo que a la apremiante situación del sujeto que se veía impelido a realizar cualquier tarea, por ardua y desconocida que fuera, con tal de conseguir unos ingresos con los que poder alimentarse él y su familia.

Su desconocimiento era suplido por un encomiable – pero insuficiente- interés, empeño e incluso en ocasiones, auténtico entusiasmo, por acometer la obra y granjearse la confianza de quien le había reclamado, lo cual, a fuer de ser sinceros, no ocurría siempre.

Su actitud ante cualquier eventualidad era de auténtico arrojo, no se arredraba por nada, y así, acometía sin temor desde levantar muros, abrir boquetes, instalar calentadores, calefacciones o derribar muros, aunque fuesen de carga, que a él eso, le daba igual, todo lo cual, en más de una ocasión, originaba un problema más – tales como roturas de tuberías, inundaciones, sobrecarga de electricidad-, añadido al que le había llevado a ese domicilio y a los que debía hacer frente.

El “chapuzas” trabajaba solo, sin ayudante. Los beneficios – si los hubiera – no daban como para pagar a otro. El acceso a tales servicios se realizaba a través del portero de la finca, oficio este ya en desuso y tan sólo mantenido en los barrios con más abolengo. Tú ibas al portero, le preguntabas si conocía a alguien para hacer tal cosa en casa y que “fuera de confianza”. En esa frase estaba implícito el concepto “espero que no me robe nada de casa”. Lo de la calidad del trabajo hecho, ya se vería.

Aparecía él solo, acarreando con una cartera de cuero, enorme y pesada, repleta de herramientas multiusos, en la que no podía faltar el soplete. Después, sólo quedaba rezar.

En ocasiones, el “chapuzas” desaparecía de la ciudad, o al menos del barrio. Dichas desapariciones, en general, estaban relacionadas con alguna “trastada” que el buen hombre había hecho en alguna casa y de la cual, sus escasos conocimientos sólo le permitieron coger la bolsa de herramientas y salir corriendo, aun a expensas de no cobrar ningún dinero. Mal negocio para él y peor para el propietario que en ese momento tenía dos problemas: el que surgió para la llamada del “chapuzas” y el que éste le había creado.

Ahora, la cosa ya ha cambiado.

El manitas – ya no se le llama “chapuzas” – es un individuo con formación específica, que ha realizado una serie de cursos auspiciados por el ayuntamiento, o bien, aporta una serie de años de experiencia colaborando con otro profesional, que ha decidido jubilarse. Tampoco es de extrañar que el nuevo manitas, sea un antiguo corredor de bolsa, – superviviente de uno o dos infartos de miocardio-, un ingeniero informático – harto de perder el tiempo y la vida detrás de la pantalla de su ordenador- o un ex director de sucursal bancaria, quienes hartos de pasarse la vida trabajando para otros, han decidido adueñarse de la suya propia y ser sus propios amos.

Ahora el acceso a este tipo de profesionales es mixto. Persiste el método del “boca a oreja”, pero en todo caso, siempre te queda la opción de preguntar a Google. Te puedes encontrar con una página web bastante más que decente, apoyando el trabajo con fotos, comentarios de otros clientes y detallando los distintos modos de contactar, ya sea mediante teléfono móvil, fijo – te atiende una señorita que te toma nota y le pasa recado – correo electrónico o redes sociales.

El manitas llega puntual a tu casa en una furgoneta en la que los laterales llevan el logo de la empresa, la web, los teléfonos, el email y todo cuanto necesitas para contactar con él. Dentro de la furgoneta, puedes encontrar el duplicado de Leroy Merlin en cuanto a herramientas y materiales se refiere.

Suele hacerse acompañar de una o incluso más personas, que, además de ayudar en sus tareas van asimilando las enseñanzas del maestro para, en su día, tomar las riendas ellos mismos, continuar el negocio o independizarse y hacerlo por su cuenta.

Y entonces, tú, que antes de que accediera a hacerte el trabajo ya le habías contado por encima de qué se trataba, le vas acompañando por las habitaciones explicándole lo que tiene que hacer:

  • Mire, aquí, en el saló, ¿ve ese agujero ahí arriba?
  • Sí.
  • Es que en su día intenté colgar un cuadro muy pesado y cuando lo colgué, venció, se vino abajo, me ocasionó un boquete que parece el impacto de una bala y encima el cuadro, se rompió.
  • Sin problemas.
  • En esta pared, le han ocasionado un desconchón por darle con la mecedora
  • OK.
  • Aquí, en el cuarto de baño, hay que poner esos ochos azulejos. Hubo una fuga de agua que afectó a la habitación contigua, que ahora se lo enseño. Los azulejos son esos que están ahí y son del mismo color que los existentes.
  • De acuerdo.
  • Esta es la habitación donde hubo la fuga. Tuvieron que hacer un boquete para llegar hasta la tubería y después de arreglarlo y taparlo, hay que pintar el gotelé.
  • Hecho.
  • También de la lámpara y ventilador, me falta colocar la cadena que está guardada aquí. Alguien la rompió.
  • Vale. Para lo del cuarto de baño necesito un mezclador.
  • ¿Dónde se compra eso?
  • Pues en una tienda de pinturas.
  • Vale. No se preocupe. Usted comience a trabajar y yo voy al polígono a comprar eso.

El manitas, entre unas cosas y otras, llegó un viernes a las 5.40 y se marchó dejándolo todo listo tres horas más tarde. Su minuta fueron 45€ pero se llevó 50€. Para redondear. Dinero más negro que el futuro económico de España. Lo dejó todo perfecto, impoluto y listo.

  • ¿Usted, si tengo un problema en casa con cualquier cosa, le puedo llamar?
  • Claro. Hacemos de todo.

Seguro que no será la última vez.

©  Carlos Usín

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