En bandeja de plata

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By Nacho Valdés

Por fin se ha superado la sempiterna división de la izquierda de los últimos tiempos. Los dimes y diretes, las discusiones interminables y las candidaturas escindidas han dado paso a un bloque compacto e inquebrantable, aunque con un futuro  nada alentador; al menos a medio plazo. Las elecciones autonómicas en Andalucía han posibilitado este milagro, pues, hasta la fecha, la ausencia de entendimiento y las zancadillas suponían la moneda de cambio habitual entre los grupos considerados progresistas. Ahora, al menos, van juntos de la mano hacia la extinción. Además, llevan un paso ligero indicativo de una actitud suicida y pueril que no augura nada bueno por traducirse en una muestra más de inconsciencia. En pocas palabras: el progresismo se encuentra desnortado y huérfano de liderazgo.

De manera evidente solo el Partido Popular ha sido capaz de pescar en estas aguas turbulentas. Únicamente cabe felicitar a este grupo por su arrolladora victoria por mucho que vaya a pesar a buena parte de la ciudadanía. Su estrategia de fagocitar a Ciudadanos prácticamente ha culminado y afortunadamente VOX carece de la fuerza de la que hacía gala. La ausencia de peso de la extrema derecha es un alivio, pero esto no debe alejar nuestra reflexión de lo perentorio: las políticas sociales van a esfumarse del horizonte del territorio andaluz. El Partido Popular puede sacar el rodillo y legislar a su antojo durante este periodo electoral. La mayoría alcanzada resulta tan aplastante que nada puede hacer la oposición al completo para enfrentar las propuestas del grupo conservador. Veremos durante los siguientes meses el verdadero talante de Juanma Moreno dado que en esta situación de superioridad es donde se certificará el supuesto perfil moderado del presidente de la Junta de Andalucía.

Lo mejor del laurel popular se encuentra en su propia inacción. Es decir, el candidato solamente ha tenido que mantener un perfil bajo mientras los aspirantes a la sucesión lanzaban unos dardos que no le han hecho mácula alguna. Solo ha tenido que seguir en pie mientras encajaba unos golpes realmente tibios, pues no ha dejado ni un resquicio a ninguna de las estrategias orquestadas contra él. Ha resultado notable su capacidad de resiliencia puesto que Moreno ha dado un viaje desde el anonimato hasta la conversión en un peso pesado de la política nacional; ha llegado incluso a eclipsar a la diva trumpista de Madrid. Ha mutado en uno de los pocos presidentes autonómicos con una mayoría absoluta. Además, lo ha logrado siendo fiel a un estilo alejado del populismo esperpéntico capitalino y con un tono que por el momento se mantiene templado.

Los méritos de los populares son indiscutibles, Andalucía nunca ha sido una plaza fácil para ellos. Pero quizás este cambio hable más de los deméritos de un archipiélago progresista que no ha sabido rentabilizar las inclinaciones idiosincrásicas de la región. Los réditos del pasado, vigentes desde la época de Felipe González, se han ido diluyendo con el paso de las legislaturas. La endogamia socialista que hizo del sur su feudo durante prácticamente cuatro décadas nos ha regalado momentos bochornosos y abusos patentes cuya desembocadura ha conducido a los tribunales y a la pérdida de confianza de un electorado cargado por el hartazgo. De manera tácita se ha promovido la génesis de la miríada de escisiones a la izquierda de los socialistas, pues no solo los populares se habían percatado de la pérdida de peso del PSOE en Andalucía. Finalmente, hemos asistido al extravío y a la carencia de proyecto para revertir una tendencia que ha terminado por consumarse.

El susto de la extrema derecha ya se ha pasado y este cuento, aunque parezca mentira, ha sido asimilado por la ciudadanía. La solución, lejos de encontrarse en el voto socialista, ha emergido del apoyo a Juanma Moreno. Por tanto, el mensaje ha calado, pero no como pretendía Juan Espadas, pues no ha recibido el respaldo esperado. Más bien al contrario, sus resultados se han traducido en el sótano electoral del PSOE. En otras palabras, la ausencia de propuestas propias se ha disimulado con la posibilidad de que el PP pactase con VOX y esto, a la vista del escrutinio, no ha sido suficiente debido a que el pueblo, aunque en ocasiones lo parezca, no es ni muchísimo menos tonto. Ha sabido detectar el grito desesperado de un candidato desnortado, anodino y, por encima de todo, entregado a revisar las costuras de un partido vapuleado y saqueado por sus propios integrantes. El colchón de votos presupuesto en el sur se ha esfumado y esto, con independencia de que no quiera verse, implica un grave problema de cara a las generales. Otra cosa es la pretensión de disimular, pero imagino que en Ferraz ha comenzado a instalarse el nerviosismo; mal compañero de viaje, sin duda.

Otra de las cuestiones importantes se localiza en la ausencia de autocrítica, al menos de cara a la galería. Se está generando un relato exculpatorio que nada favorece al futuro de la progresía nacional. La izquierda está en crisis y, con independencia del tiempo y el espacio que nos separa de las generales, la concatenación de desenlaces adversos en múltiples citas electorales no augura nada bueno. Ahora bien, algo que caracteriza a los rivales de Sánchez es la premura con la que lo sepultan y quizás aquí es donde se encuentre el error fundamental: es ninguneado, pero siempre parece tener la capacidad de salir adelante. El final de la legislatura va a resultar movido, de eso no cabe la menor duda. Es probable que Pedro Sánchez, caracterizado por su meliflua y contradictoria gestión, termine por liquidar a sus socios de investidura para intentar borrar sus propias huellas. Veremos qué sucede porque, como ha quedado dicho, la ciudadanía conoce su rastro y hay pecados capitales que probablemente no perdone. Veremos qué tiene Sánchez guardado en su magín y con qué truco buscará confundirnos.

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