La dama y el vagabundo.

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Tony era un individuo peculiar, atípico. Vivía en un barrio de Madrid, Manoteras, en un sitio que él mismo denominaba «El Bronx». Ya sólo con eso impactaba. Sin embargo, y debido al trabajo que tenía en una empresa multinacional, su aspecto era impecable. Al menos, hasta que abría la boca. Su lenguaje le delataba. Hablaba una jerga, mitad caló, mitad castellano, a la que había que acostumbrarse. Hasta tal punto era así, que una compañera de trabajo, de origen brasileño, solía apuntar las palabras que no entendía en una libreta. Al escucharlas por primera vez le hicieron dudar de si lo que estaba escuchando era español o qué. Luego, de vez en cuando, le llamaba y hacía un repaso de lo que tenía apuntado en su libreta.

  • Oye, Tony, y eso de peluco, ¿qué es?
  • Un reloj -, respondía Tony, sorprendido de que nadie entendiera «su idioma».
  • ¿Y el colorao?
  • Oro.
  • ¡Oro! – exclamaba asombrada la brasileña, comprobando que no había posibilidad alguna de deducir de qué podía estar hablando al usar esas palabras. Era como hablar con un indio arapahoe.
  • ¿Y el teki? –  persistía en su empeño por entender el nuevo idioma.
  • Es un coche – respondía él, entre risas.
  • ¿Y el loro?
  • Una radio.

Chocaba bastante comprobar que, bajo ese aspecto de niño pijo, con el pelo corto, sus corbatas estrechas, vestido a la moda, sus camisas rosadas, su cuerpo de torero y sus perfumes caros, se escondía un macarra y un canalla en estado puro.

Al igual que con los perfumes de caballero, solía tener otra clase de gustos caros y no tan saludables. Lo que no se sabía muy bien era de dónde podía sacar el dinero para poder financiarse esos vicios. Aunque sospechas sí que había. Por ejemplo, de vez en cuando, solía ofrecer gentilmente a sus compañeros la más variada gama de productos de todo tipo, desde raquetas de tenis nuevas, hasta televisores o cámaras fotográficas que valían un montón de dinero, pero que él las ofrecía a precio de ganga.

En cierta ocasión andaba el hombre con muletas y, aun así, iba a la oficina. He dicho que iba a la oficina, no que fuera a trabajar, concepto este que nunca llegó a entender demasiado bien. Bueno, pues estaba en la oficina un día y coincidió con que el técnico de una máquina cortadora de papel, estaba realizando el mantenimiento. Como parte de su tarea, debía proceder a cambiar la cuchilla de la máquina, una pieza de metro y medio de largo y con un filo que era capaz de cortar original y dos copias de un tajo.

  • ¿Necesitas la guillotina para algo? -, le preguntó Tony al tipo de mantenimiento.

El otro, respondió un escueto, «no», entre sorprendido y algo asustado. Ni corto ni perezoso, Tony encontró un rollo de cinta de embalaje y empezó a intentar conseguir hacer un mango para poder coger la guillotina y no dejarse la mano en el intento. 

Después de unos minutos que llevaba atareado en su intento de conseguir un machete casero, le preguntaron qué estaba haciendo y porqué.

  • Es que me han afanao de mi queli una máquina de fotos y unos objetivos y voy a pillar al pringao y le voy a meter lo suyo.

Traducción: “Me han robado de mi casa … y pienso coger a quien lo ha hecho y darle su merecido”.

Los presentes se asustaron mucho por el incierto futuro que se le avecinaba al infeliz que hubiera osado hacer tamaña estupidez. Al fin y al cabo, aquello era el Bronx, ¿no?

Al día siguiente, de regreso a la oficina, contó con todo lujo de detalles la labor «detectivesca» al más puro estilo de un poli corrupto y al margen de la ley, que llevó a cabo en colaboración con sus «socios». 

  • Pues iba en el tequi (coche) de mi socio, porque yo como no puedo conducir…y le digo: vamos a ver a fulano, a ver si sabe algo. Llegué a su puerta, llamé y según me abre le doy con la muleta en la cara. ¿Ande está y quién lo tiene? Y como el gil (imbécil) no respondió, le volví a meter (agredir). Hasta que cantó (confesó). Y entonces, fuimos a por el listo (ladrón), un tío que conozco del barrio y que nunca me ha gustado ni un pelo. Y, además, le tengo ganas, ¡qué coño! Total, que vamos por un parque y de pronto le digo a mi socio, ¡para tío, para, que está ahí, mírale, saliendo del “bareto” (bar) ese! Salgo del coche con mis muletas y según llego le meto una en toda la jeta que lo tiro al suelo. Y cuando está en el suelo, le empiezo a dar en las costillas y a decirle que me diera lo que me había robado. Y de pronto, me doy cuenta de que me había equivocado de tío, ¿sabes? Me había tomado un par de cañas… iba un poco pallá (bebido, alegre) y me hice un lio. Así es que salí de allí todo lo deprisa que pude con mis muletas, me subí al tequi (coche) y le dije a mi colega “sal de naja” (sal corriendo) de aquí que nos dan de hostias, Miguel.
  • ¿Pero era él el que tenía tu máquina y los objetivos? -, le preguntaron sus compañeros.
  • No, él no, – respondió- pero como se empezó a correr la voz por el barrio, al final han aparecido. 

Los métodos del Bronx son inescrutables.

Tony, como buen canalla, era un tipo simpático con todo el mundo, siempre y cuando no le robaras nada, claro, pero en especial con las chicas. Se pasaba las 24 horas del día pensando en lo único, como él mismo confesaba. Era el terror de las jovencitas de la empresa y más de una y más de dos habían saboreado las mieles de su lujuriosa mente, a pesar de tener pareja desde hacía muchos años. Y a todas les tiraba los tejos.

Y por esas extrañas circunstancias y compañeros de experiencias con las que a veces nos regala la vida, mira tú por dónde, se encaprichó de una niña pija del departamento de Marketing. Pero pija, pija de verdad. De familia bien y con dinero.

Eran como el día y la noche. Él un macarra con labia, un truhan, mucho mundo, mucho vicio, muy salido. Y ella, Eugenia, que ya había tenido un affaire nada menos que con el director general de la empresa, una niña mona, inteligente, con clase, con estudios, había vivido en New York, con dinero y con ganas de pasarlo bien. Y en eso de pasarlo bien, a Tony no había quien le ganase.

El director general se fue de la empresa y su lugar en la cama de Eugenia, lo ocupó Tony.

Lo pasaron muy bien durante los casi dos años que duró la ausencia del jefe. Pero cuando por esas vueltas que da la vida, se supo que el jefe volvía a ocupar el puesto que dejó vacante, a ambos se les hizo un nudo en la garganta. Sus semblantes cambiaron radicalmente cuando conocieron la noticia y la sonrisa que adornaba sus rostros, desapareció.

Pero como muchos canallas, ellos también tuvieron suerte. Lo que les salvó de males mayores fue que antes de su regreso, el famoso director general, acabó detenido justo antes de tomar el avión, por un turbio asunto relacionado con un supuesto delito de lavado de dinero.

Eugenia, acabó pasando una muy larga temporada en una clínica de desintoxicación, supuestamente en Marbella, aunque realmente, aquellos que llamaban a su casa para preguntar por ella, siempre recibían la monótona respuesta por parte del servicio que atendía la llamada: «la señorita Eugenia, está de viaje».  

©  Carlos Usín

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