Las culpas

Nacho Valdés

Quizás una nota característica del proceso de laicización se encuentre en la ausencia de culpa. El judeocristianismo incluyó como grandes novedades frente al mundo clásico la humildad e igualdad; no es de extrañar que Jesucristo fuese torturado y crucificado por, como diría mucho después Nietzsche, transgredir e invertir los valores originales. El sermón de la montaña implicó un pequeño terremoto del que todavía se sienten las réplicas, pero, como no podía ser de otra manera, el poder decidió erradicar cualquier posibilidad de homogeneidad dado que las prebendas y privilegios no suelen repartirse por aquellos que los detentan. Es más, el mensaje volvió a revertirse para su instrumentalización. El caso es que llegó un profeta que vino a decir que todos nacemos y morimos en las mismas condiciones: solos e indefensos. La certeza resulta clara, aunque pocos quisiesen practicarla en vida. De hecho, aquellos con posibles podían incluso comprar su perdón y ganarse de este modo el reino de los cielos.

¿Cómo fue posible tamaño despropósito? Muy fácil: la Iglesia institucionalizada vio las posibilidades de reunir y gestionar pecuniariamente este orbe de nuevas sentimentalidades. El perdón, la redención, la humildad y demás componendas resultaban un terreno fértil para generar ingresos, subyugar a los súbditos y arrimarse al poder. No en vano, la jerarquía eclesiástica tenía línea directa con Dios y quién era el guapo dispuesto a enemistarse con la mismísima divinidad. Se estableció una nueva jerarquía social en la cual la sentimentalidad religiosa se situaba en la cúspide junto a la fuerza militar, pues es de sobra conocido que solo los profetas violentos y armados lograron expandir su mensaje. Si no que le pregunten al apaleado Jesucristo. Total, que la Iglesia entendió rápidamente que el dogma únicamente entraba con dureza, pues la gente prefiere existir tranquilamente sin indicaciones de cómo vivir, morir o mantener relaciones sexuales (este último punto, no sé el motivo, pero resulta crucial para la mayoría de las religiones). Tenemos grandes ejemplos sobre el uso de la disciplina para despertar el fervor religioso: la inquisición, los violentos colegios religiosos, la entrada en América o, por supuesto, el nacionalcatolicismo.

El poder y la espiritualidad siempre han establecido relaciones más bien procaces en las que cabía cualquier atentado contra sus propios principios siempre y cuando se lograsen los objetivos propuestos: perpetuarse al mando. Con todo, la génesis de una sociedad marcada por un credo hostil a lo carnal, tradicionalista y mojigato en lo público dejaba la depravación para el ámbito privado. Este era el leitmotiv fundamental que implicaba la santidad hacia el exterior y la perversión hacia el interior. Por supuesto, esta situación ha provocado no pocas personalidades desquiciadas y perturbadas por no saber a qué atenerse. Por tanto, de cara a la galería, la sociedad judeocristiana debe mostrar los pilares cristianos asumidos como manifiestos para lograr la redención. Había un detalle importante debido a que no todo era dinero para lograr la indulgencia; era necesario mostrar voluntad de arrepentimiento y, para lograr este fin, resultaba imprescindible asumir la culpa.

A partir de este punto todo se volvía más sencillo. Era posible lograr la salvación gracias a unas cuantas oraciones, unas muestras de piedad y algo de contrición. Todo esto llegaba por medio de la medicación eclesiástica, qué menos. Imaginemos una sociedad en la que el pecador debía pasar por el confesionario, ostentar su culpabilidad y cumplir con la penitencia. De manera clara se trataba de un caudal informativo tremendo y, como todos sabemos, la información es poder. La dinámica social se retroalimentaba por medio de este mecanismo para domeñar a la población y entrar en sintonía con la autoridad (por supuesto también implicaba conocer sus secretos).

Estos tiempos pueden parecer remotos, pero nuestras comunidades todavía muestran hábitos indelebles después de centurias bajo la sandalia eclesiástica. La vida aparente de cara al exterior y decadente de puertas adentro, la subordinación a unos supuestos valores superiores que nadie pone en práctica y el fingido arrepentimiento para lograr la clemencia del entorno son elementos todavía presentes. No hay más que atender a la opinión pública para comprobar como una buena flagelación pública puede hacer olvidar los mayores pecados e incluso elevar al protagonista a una nueva categoría. Lo vemos todos los días en la prensa del corazón, el fútbol, los lugares de trabajo, en la familia o en los grupos de amistades. Algo de humillación ostentosa y en poco tiempo aquí no ha pasado nada.

Hay un terreno, sin embargo, que escapa a estas consideraciones: la política. Quizás por tratarse del poder temporal y dado que se está produciendo la laicización social mencionada con anterioridad, este reducto se escapa a este mecanismo tan arraigado en el occidente cristiano. Llevamos un tiempo en el que la gestión de lo público no implica ningún tipo de sanción. Más bien al contrario, el incumplimiento siempre llega desde instancias externas y nunca se asume la culpa propia. Por ejemplo, la Junta de Castilla y León que lleva más de tres décadas gobernada por el Partido Popular y que decidió motu proprio eliminar o reducir el mantenimiento de zonas boscosas y parajes naturales, y no establecer operativos antiincendios de manera permanente, asume como excelente su gestión y echa el yerro hacia los ecologistas y las modas radicales en cuestiones medioambientales. Debe ser que estos peligrosos grupos son los que han quemado nuestros bosques y los que han asumido las competencias de la Junta (en la sombra, pues no nos habíamos dado cuenta hasta el momento del desastre). El problema más bien se localiza en la terrible falta de vergüenza mostrada por estos señores, todos muy cristianos y tradicionales, al no asumir su responsabilidad y tratarnos como estúpidos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir aupando a este tipo de personajes?

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