MAR by Pedro Martínez de Lahidalga

 “La literatura es como el mar. El arte es también una sucesión de formas que se golpean a sí mismas; es como el fuego, como el aire, como los cuatro elementos, que son por una parte inmutables y por otra siempre cambiantes” (M. Vicent)

El oceánico mar penetra por las balconeras en este pequeño pero bello apartamento para, empujado por los alisios, inundarlo de una bruma vaporosa y azul. La baranda de vidrio de la espléndida terraza viene a conformar la delicada frontera entre dos mundos bien distintos. Uno es abstracto y transparente y, observado en lontananza tras el ocular del cristal, surca por sobre las cambiantes olas hasta llegar a esa línea inmutable del horizonte celeste que concuerda -casi- exactamente con los límites de nuestros propios sueños. El otro, el mundo real, está aquí abajo -al ras del suelo- y nace solapado en esta misma y difusa franja mareal de los arenales de la playa, pero también en los zocos del serpenteante paseo marítimo o en la febril actividad de los muelles del puerto, mientras se va espesando tierra adentro aliñado por todo el amor y la crueldad (sí, también la crueldad) que, en variadas proporciones, forman parte consustancial de nuestras vidas.

 El temprano desayuno de ordenanza en la cercana e insuperada “Churrería Guanarteme” anima mis madrugadoras visitas mañaneras a la playa (coincidentes, eso sí, con la bajamar anunciada en el diario régimen de mareas) donde puntualmente me voy cruzando con otras almas solitarias que, como yo, parezcan ensimismarse observando los entre-límites del mundo desde los inciertos bordes de la realidad, esos espacios fronterizos en los que confluyen ambos universos. Para ello accedo por uno de los laterales de esa especie de bisagra central de la bahía que es “Playa Chica”, desde donde casi siempre termino doblando los pasos al sur, hacia la franja surfera de “La Cícer” (mi zona preferida de Las Canteras), no sin antes aminorar la marcha para atravesar lenta y quedamente las más o menos despejadas arenas de “Peña la Vieja”, última roca del arrecife que, a modo de “puerta” simbólica, deja la entrada libre a un desatado y ya -para mí- reconocible mar bravío. Tan reconocible y bravío como sus habituales visitantes, en su mayoría jóvenes surfistas que con su natural desenvoltura y sus estilosos bikinis de cortinilla o -a más- desde la resuelta y alegre libertad que da el toples, vienen a ensanchar con su luz ese otro mundo gris y clerical de burkini (alguno he visto por ahí) y cerrazón. El atuendo, en fin, como encarnación de esta “nueva” (tan vieja) ola regresiva, vendida por cierta progresía posmoderna como debida transigencia a una fantasmagórica alteridad intercultural, mediante la paradójica fórmula de ¡tolerar la intolerancia! y que mutatis mutandis parezca venírsenos encima, en plan tsunami.

 En fin, voy dejando por ello aplazada -para mejor ocasión- la debida visita a la concurrida (por municipal y doméstica) playa ubicada en el arco norte de la bahía, donde el referido arrecife natural conocido como “la Barra” hace que unas aguas sumisas y ya vencidas se entreguen mansamente a los numerosos bañistas de temporada que frecuentan las tantas charcas intermareales y los tan bellos fondos arenosos diseminados por entre las rocas. Para mi sorpresa, lechos poblados aún de ondulantes sebadales u otras asociadas praderas de algas verdosas y rojizas que sirven de refugio a pequeños bancos de vistosos peces jaspeados (pejeverdes, cabrillas, cabosos…) y que, desde “Playa Chica” o la contigua y aquí referida “Playa Grande” -hasta pasada “La Puntilla”- jalonan de vida esta costa litoral. Lugares a los que me obligo regresar en momentos menos frecuentados por tan bullicioso gentío, una vez liberados de ese cotidiano barullo (matutino y vespertino) que no deja apreciar la compleja naturaleza de su hábitat. Será entonces, bien entrada la anochecida, cuando surja la esperada ocasión de disfrutar del sosiego de este entorno desde una acentuada sensación de soledad transmitida por el silente murmullo de las aguas. Una elección nada diferente, por otra parte, a la ya observada en ciertas gaviotas líricas que, a esas desacompasadas horas nocturnas, te las encuentras -imperturbables-  mariscando por sus orillas.

 Verdad es que en no pocas atardecidas tengo a bien cruzar la referida zona (“sobrepasándola” a través de su circundante paseo marítimo) con la sana intención de llegar a La Puntilla por unos aledaños costeros lindantes ¡ojo! con los anunciados dominios de un tal Chano “el peligroso” para, una vez allí, entre roques y caletas, seguir costeando las rompientes de El Confital a esa hora mágica en que la última luz del ocaso inflama las aguas del horizonte atlántico. Llegados a atravesar el parque llamado de Pepe “el limpiabotas”, uno más (como “el peligroso” Chano, como Miguelito “el practicante”) de los tantos e insignes hijos de esta pequeña ínsula reconvertida, por obra y gracia del istmo de nuestros pecados, en península barataria. A la vuelta de la travesía, solemos adentrarnos en el corazón del barrio para tomar una cerveza en un antiguo y esquinado bochinche con altos portones repintados de verde. Una de esas características tabernas frecuentadas por pintorescos parroquianos, quizás ya no tan genuinos como los anteriormente señalados, aquéllos que -en tiempos- dejaran reflejada en su persona el singular y legendario carácter isletero de La Isleta.

 He de confesar que, girada la vista atrás, el bonito alojamiento abierto al mar de poniente que me acoge en este barrio de Guanarteme no termina de contrarrestar la sensación de agobio que produce este ensanche urbano sobreedificado justo encima del susodicho istmo (el de nuestros pecados). Un entorno conformado hasta anteayer por ondulantes dunas solitarias que, visto desde esta perspectiva y aun ennoblecido por el abrazo envolvente del océano, parezca haber sido diseñado por el enemigo. Baste para ello con dar una vuelta por los alrededores de la popular zona comercial -cobijo de adineradas mauritanas- de Mesa y López y contemplar esas ristras de bloques mamotréticos que despiertan el recuerdo -al menos a mí- de aquella arquitectura brutalista de la época soviética. Salvados sean los contados y constreñidos marcos generados alrededor de la ecléctica iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino, en  los ambientados gastrobares del mercado modernista del Puerto, en las animadas terrazas con el mar al fondo de la plaza-parque de Santa Catalina… y poco más. Echada la vista a ese levante, las ampliadas instalaciones portuarias de los muelles comerciales dibujan un horizonte industrial de fantasmales grúas, tan poco sugerente que difícilmente hubieran inspirado al poeta modernista Tomás Morales versar con su arrebatador lirismo “Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico, / con sus faroles rojos en la noche calina, / y el disco de la luna bajo el azul romántico / rielando en la movible serenidad marina… ” y en ese plan.

 Tras las traseras de este “mi” edificio (en sus tras-traseras) se encuentra un renovado parque “Pino Apolinario” que tantas veces he vadeado en mis habituales expediciones urbanitas. Espacio así bautizado en homenaje a una altruista dama donadora de los terrenos y que, en mi proverbial despiste, llegué a guglearla pensando encontrarme con alguna especie desconocida de pino endémico, tal que el Canariensis. El parque -aun pequeño- no se libra de contener su cuota parte de esa, en apariencia, ingenua moda new age  de los dichosos huertos urbanos (calificada como “estúpida” por Houllebecq en su tan reciente “Anéantir”, apelativo puesto en boca de su protagonista y alter ego Paul Raison y referido, en su caso, al parque parisino de Bercy). A pesar de mi escepticismo, tranquiliza saber que el Consistorio mantiene un acuerdo con Cáritas Parroquial de la cercana Iglesia del Santísimo Cristo Crucificado, con la que asegura “realizar un proyecto social de gestión conjunta del huerto” nada menos, aunque a mí me siga pareciendo ilusorio eso de que administrar burocráticamente la recolección de unos pocos tomates vaya a resolver conflicto social alguno. Para terminar de arreglar el mundo, por las mañanas (aprovechando ese equilibrio de sol y sombra que ya de por sí ofrecen las palmeras) hace acto de presencia un maestro de qigong (chi kung) de cráneo abrillantado y ataviado con un holgado pijama blanco, cuyos contorneos invitan a liberar los chakras a grupos de creyentes no iniciados que buscan la perdida armonía… O sea.

 Pero se supone que estamos hablando de un mar que todo lo embellece. Es el caso del edificio que se alza frente a un rompiente marino en el extremo sur de la citada bahía (el conocido Auditorio Alfredo Kraus, obra del arquitecto Óscar Tusquets) un enorme y límpido edificio acastillado emergiendo de las rocas volcánicas como una fortaleza que circunscribe los depurados volúmenes interiores, depósitos así protegidos de las tantas actividades artísticas allí contenidas. Su marcado expresionismo lo culmina un altivo lucernario, que más parezca faro orientador de los tantos peregrinos que pululan por estas sinuosas fronteras, náufragos al fin de ambos lados del horizonte. El edificio-roca se encuentra escultóricamente habitado por la misma fauna submarina de los charcos cercanos: el enorme y fantástico caboso de la entrada, la pétrea medusa marinada por el salitre de las olas, el pulpo encaramado junto a una gárgola, la raya mirando con nostalgia las Canteras… y, coronando el edificio, un enorme rascacio plateado trepando por la veleta.

 Camino del aeropuerto -dejando atrás el mastodóntico Puerto de la Luz- atravesamos la ciudad por el corredor lineal de la autovía costera, con una parada intermedia en el demediado barrio marinero de San Cristóbal, donde comer en buena compañía un típico sancocho canario de cherne y papas. Barriada castiza, no menos tradicional que el referido plato, formada por poco más que una quebrada línea de primarios asentamientos autoconstruidos frente a un mar del que poder vivir. Casas erosionadas tanto por la naturaleza como por los hombres, metáfora -al fin- de todos los lugares en los que lleguemos a habitar (por muy exquisitos o sofisticados que nos resulten) y símbolo de nuestra propia y corta existencia.

 Ya de vuelta a casa vengo a redactar estas personales y subjetivas impresiones, en todo caso frutos tardíos de una emoción: “La literatura es como el mar…” etcétera.

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