La mudanza.

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Como ya he dicho en alguna otra ocasión, una mudanza es ir dejando pedazos de tu vida por el camino, del mismo modo que un leproso va dejando trozos de su carne. Representa un momento importante en la vida de las personas pues en un breve espacio de tiempo, debe tomar decisiones que afectarán a su inmediato futuro. Tendrá que determinar cuáles, de todos esos recuerdos, quiere que pervivan y cuáles deben ser guardados en lo más profundo de un cajón olvidado, o directamente, en la basura. El jarrón que alguien regaló y que ha odiado toda la vida. Las copas que, aunque queridas, están desparejadas y rotas porque se han ido muriendo por el camino. Los cacharros de cocina, que de tanto usar han quedado inservibles. Y los libros.

Cuántos libros se han quedado por el camino. Cuántos libros dejaron de ser introducidos en cajas con destino a su nueva ubicación, bien por falta de espacio, bien para abaratar el coste de la mudanza. Cuántos sentimientos, cuántas sensaciones han quedado atrapadas entre sus páginas. Cuántas lecciones aprendimos en ellos. Cuánto nos ayudaron a superar momentos duros, difíciles y cuánto nos hicieron disfrutar en otros. Alguno se salvará. Se salvará aquel que nos regaló esa persona que fue y sigue siendo especial; también el que incluía una cariñosa dedicatoria.

¿Y los cuadros? Ninguno tiene más valor que el meramente sentimental. Aquel que compramos ese día con aquella persona en aquel lugar, casi por casualidad, casi por un impulso – como casi todos – irracional. O ese otro que nos regaló aquel amigo o que luchamos por él con denuedo en el doloroso litigio del divorcio, simplemente, por todo lo que encerraba a su alrededor.

Aquel jersey, viejo, roído y con agujeros, que más parece el uniforme de un indigente callejero, pero que encierra entre sus mangas un millón de buenos momentos en compañía de un ser querido, que nos dejó y añoramos. Aquella camisa, con el cuello deshilachado de tanto rozar con la barba del fin de semana y los lavados. Aquel pantalón, que hace mucho que no nos ponemos porque incomprensiblemente, ha tomado la decisión de encoger y ya no nos entra, ni siquiera, aunque dejemos de respirar.

Y es entonces cuando vas dejando cosas. Vas dejando en tu discurrir diario que esos objetos pasen a formar parte de todo aquello que fue y que nunca volverá a ser. Entonces es cuando te replanteas si la falta de espacio que dices que tienes en casa, no será más bien fruto de una mala gestión en vez de un problema físico de la vivienda. Y es entonces cuando te das cuenta de que tienes que tirar cosas a la basura, o donarlas a alguna sociedad de ámbito social, filantrópico. Y es entonces cuando reasignas el verdadero valor a las cosas, en su justa medida, de modo aséptico y exento de toda influencia sentimentaloide, basado exclusivamente en el valor objetivo de su utilidad futura, adaptada a las nuevas necesidades.

Todos esos objetos y muchos más, son escrutados durante un instante, evaluados, y algunos, amnistiados de ir a la basura, o con destino a obras de caridad, mientras los chicos de la mudanza no dejan de preguntar “y esto, ¿dónde va”? En ese preciso momento debemos decidir la vida, la continuidad o no, de los recuerdos, de los sentimientos que impregnan a los libros, los cuadros, las copas, las camisas. Incluso hay jerséis y camisas que nos devuelven un olor que inmediatamente nos transporta al pasado, a un momento que quedó atrás, aunque nunca olvidado, porque el pasado que se recuerda, sigue vivo.

Y es entonces cuando te das cuenta de que, lo queramos o no, cambiamos y lo hacemos al paso del tiempo. Y si no lo haces, es porque simplemente estás muerto, aunque andes, comas y estornudes. Si no te mueves con el tiempo, te quedas atrás. Como los Dinosaurios.

Pero lo que jamás se queda atrás, lo que nunca abandonamos bajo ningún concepto, son las fotos, los vídeos. Nuestra postrera demostración tangible de nuestro efímero paso por lo que algunos llaman valle de lágrimas. Esos trocitos de nuestra pequeña historia, – muchas veces anónima e insignificante-, que compartimos con otras personas que aparecen a nuestro lado, y que cada vez que lo miramos de nuevo, hacemos un viaje – muchas veces doloroso y siempre nostálgico – a nuestro pasado, a veces remoto. En ocasiones al ver esas fotos y esas películas, tienes la impresión de que ese que aparece ahí, no eres tú, no te reconoces. O que tal vez, eso sucedió en otra vida y que no es posible que haya pasado tanta agua por debajo del puente.

Entonces, al repasar esos álbumes y esas películas, nos vienen a la memoria todos aquellos planes, ilusiones y proyectos que por unas razones u otras no llevamos a la práctica, o simplemente, el Destino, ese burlón que juega con nosotros constantemente, nos impidió llevar a cabo. Los objetos que vamos extrayendo, nos retrotraen a aquellos momentos en los que tuvieron su protagonismo y nos obligan a recordar el camino recorrido, y casi siempre, constatar lo mucho que han cambiado las cosas, aunque el tiempo no haya sido tanto como nos parece.

Algunas tribus indias de Norteamérica, sostienen que los recuerdos de las personas están impregnados en sus cabellos; de ahí que no se corten el pelo. Nosotros, en Occidente, somos menos poéticos; tal vez no nos damos cuenta de que nuestros recuerdos no sólo están en nuestra memoria, sino también y, sobre todo, en los objetos y enseres que nos rodean, con los que convivimos a diario. Por eso, no basta con hacer el esfuerzo de borrar de nuestra mente aquello que no nos resulta grato de recordar; tenemos que eliminar aquellos objetos que, en su día, estuvieron implicados en el hecho en sí.

En general, las personas llevamos mal eso de los cambios, las mudanzas. Es poner patas arriba lo que estaba colocado y en su sitio, para trastocarlo todo y buscar una nueva ubicación. Es un volver a empezar. A veces, los objetos no salen de las cajas en su nuevo domicilio y permanecen largo tiempo en espera de no se sabe muy bien qué. Tal vez, el subconsciente habla señalando que ese, no es el lugar definitivo y que tan solo el propietario de la caja, está de paso y la caja también.

Y, sin embargo, la vida es cambio. La naturaleza es cambio. Lo hace cuatro veces al año, cada año. Al menos, en teoría. La flora, la fauna, los bosques, los prados, todos ellos van cumpliendo con el ritual fijado desde el inicio de los tiempos y en cada etapa de su vida, se van adaptando al entorno que les acoge. Tan sólo el ser humano, en su infinita soberbia, pretende mantenerse al margen de todos estos cambios, como si la cosa no fuera con él, alterando las leyes de la propia naturaleza.

©  Carlos Usín

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