La ascensión by Nacho Valdés

Un fenómeno connatural al tiempo presente podemos encontrarlo en el ascenso de los populismos de uno y otro signo, aunque, de manera principal, podríamos establecer el de tono reaccionario como mayoritario. Los motivos, como siempre en este tipo de procesos, son múltiples y variados, pero cabe la posibilidad de dibujar un semblante esquemático de la actualidad atendiendo a dos elementos nacidos de la aceleración de los tiempos históricos: el indiscutible fracaso de la propuesta de la economía financiarizada y la proyección geométrica de las tecnologías de la información y la comunicación. Todo esto aliñado, como no podría ser de otra manera, por la pugna por el poder vinculada a la gestión de lo político y lo económico.

El populismo, como indica su denominación, necesita del pueblo. De hecho, desde una perspectiva etimológica, supone una tendencia o afición hacia el pueblo. Es imprescindible, por tanto, un elemento aglutinante que una a la población bajo el signo de una misma bandera, militancia o espiritualidad. Hoy por hoy, estos constructos asumen numerosos elementos que van desde el nacionalismo, el tradicionalismo, la progresía o la ruptura con el pasado. En pocas palabras, se necesita de un componente para establecer la fractura con aquello que resulta molesto o supuestamente perjudicial para el conjunto. De otra parte, se hace imprescindible el liderazgo de toque mesiánico, pues los abanderados de estas propuestas se erigen como la salida ante las encrucijadas enfrentadas por la colectividad. Es por esto que estos movimientos requieren de una cara visible con el fin de pastorear a la grey y conducirla al supuesto buen puerto nunca arribado.

Por encima de todo, estas proposiciones populares implican la existencia de problemas. Aquí es donde entra en juego el estrepitoso fracaso al que asistimos impávidos dado que nuestro sistema parece conducirse por la crisis más que por el éxito. No hay duda de que hemos mejorado nuestras condiciones vitales, que se han conquistado nuevos derechos y libertades y que el orden democrático parece haberse impuesto de manera definitiva, al menos en occidente. No obstante, bajo esta apariencia de bonanza se encuentra una problemática de fondo que ofrece a cada paso muestras evidentes de su presencia. Para comenzar, la organización estatal en la que la mayoría fundamos nuestra existencia se encuentra en entredicho. El universo empresarial transnacional de carácter neoliberal ha encontrado en el desarrollo tecnológico el caballo de Troya perfecto para dinamitar el sistema desde el interior, y esto en dos sentidos: por un lado, es posible esquivar la legislación particular de cada territorio y, por otro, es viable adocenar la cultura y dominar la opinión pública. Gracias a estos componentes la estructura estatal en la que se apoya nuestro estado del bienestar, instituciones y concepto de justicia universal se ve sometido al cuestionamiento constante provocando de este modo su puesta en jaque. Prima un individualismo comprensible desde la perspectiva de las fortunas absurdas, pero inasumible para un ciudadano medio que encuentra como referencia vital a anarquistas como Elon Musk, Jeff Bezos o, para marcar una figura hispana, Amancio Ortega. Estos individuos, además de acumular un capital incoherente en relación al conjunto, bregan para atesorar, evadir, desregularizar y esquivar todo tipo de normativa que venga a establecer el más mínimo límite a su modelo de actuación. Esto, por supuesto, se convierte en un problema para una mayoría que, sin embargo, observa con devoción este modelo injusto y desigual. El Estado torna enemigo, pues parte del capital de estos nuevos señores feudales se dirige a generar desinformación, campañas de apoyo y opiniones laudatorias recibidas por la población de manera benigna.

Parte de este numerario se invierte de manera efectiva en los grupos populistas de los que venimos hablando. Por ejemplo, Donald Trump supone un exponente de estos movimientos autoimpulsados para de este modo asumir la dirección de la colectividad. En España tenemos el ejemplo de VOX y su descomunal financiación recibida de manera primordial del mundo de las grandes empresas. Aquí es donde aparecen los tontos útiles dispuestos a servir de títeres a este poder encubierto debido a las posibilidades ofrecidas por los símbolos aglutinantes empleados para construir el sentimiento populista: bandera, himno, nacionalismo, tradición y demás compuestos ya de sobra conocidos. El liderazgo resulta una campaña de humo que enmascara como un trampantojo la verdadera gestión de la comunidad. Al fin y al cabo, la pretensión es arruinar el orden establecido.

Por último, es imprescindible la presencia de problemas para la concentración de la atención en el mesianismo mencionado con anterioridad. Si bien la crisis sistémica del neoliberalismo ya supone un verdadero reto por los problemas medioambientales, el retroceso de nuestros derechos colectivos y la concentración de la riqueza en los grupos anteriormente citados, la respuesta ofrecida no viene más que a redundar en las mismas complicaciones. La pregunta sin respuesta es cómo es posible que sigamos profundizando en las mismas dificultades sin darnos cuenta de que nos conducen al abismo. Aquí es donde encontramos otro de los componentes citados en las primeras líneas: el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Esta tecnología está en manos de consorcios empresariales transnacionales que permiten la manipulación, la desinformación y la agresión contra los principios elementales de la convivencia. Nos falta sentido crítico para dirimir cómo abordar este aluvión de desinformación, pues la naturaleza novedosa de estos medios hace que todavía no hayan sido asumidos por la mayoría en relación a su verdadera naturaleza. Supongo que será algo parecido a lo sucedido hace tiempo con la radio, la televisión o la prensa escrita. Hoy, la capacidad de influencia de estas plataformas ha disminuido, pero también tuvieron su época de predominio. Hasta que no dominemos el canal, para de este modo modular el mensaje, no tendremos nada que hacer como sociedad.

2 Comments

  1. Es difícil establecer la fecha de nacimiento de un movimiento político, de una idea, pero en relación al populismo, podríamos acordar la llegada del Peronismo al poder en Argentina y más concretamente la presencia de Evita. Analizando lo que ella hizo y, sobre todo, cómo lo hizo es como podríamos establecer un denominador común para así, identificar qué es populismo.

    El punto desde el que se debe partir para obtener un mínimo eco, es el de lanzar mensajes muy simples, nada complicados, algo que quepa en un twit y si sobra espacio mejor. Para eso, para que el mensaje llegue y cale en la audiencia es muy recomendable que cuanto menor sea el nivel crítico del individuo, su capacidad de reflexión, su nivel cultural, mejor que mejor. Y si se tratase de un cerebro mononeuronal, sería como el premio gordo de la lotería. En definitiva, se trata de lanzar mensajes tales como: “que los ricos paguen más”, aunque en realidad, el concepto de «rico» es intangible, porque para un NI-NI, es todo aquel que tiene un subsidio, aunque sea de hambre, y, sin embargo, para un descargador de muelles, el rico sería el importador del barco lleno de grano que tiene que descargar, por ejemplo. Sea como fuere, todos identifican a un «rico» como “algún otro que no soy yo”, y eso siempre atrae. La envidia y la codicia, bien manipuladas, obran milagros.

    Siempre ha habido mensajes de este tipo y eslóganes que han calado en las multitudes. Para no remontarnos demasiado en el tiempo podríamos acordarnos de algunos del mayo del 68 francés, por ejemplo. Pero todos ellos se engloban dentro de un desencanto generalizado.

    Más recientemente, esos mensajes simples también se utilizaron en las concentraciones del 15-M. El caldo de cultivo era la situación económica que atravesaba España. Siempre hay que presentar a un salvador, ya se llame Hitler o Iglesias. Ese movimiento, perfectamente orquestado y subvencionado, tenía la finalidad de sondear la posibilidad de adentrarse en política y ver qué se podía obtener. Para ello, era necesario retrotraerse en el tiempo y volver a utilizar el mismo lenguaje o muy parecido al que se usaba en Rusia en 1917 o en España en 1931. La ventaja es que no ha variado mucho.

    Tal y como afirma mi admirado Carlos Rodríguez Braun, economista y argentino, para más señas, en su prólogo al libro titulado: “El engaño populista”

    «Pero el populismo tiene un atractivo que las otras ramas del antiliberalismo pueden poseer en menor grado o incluso perder casi por completo. Por eso los populistas irrumpen cuando esas otras ramas están alicaídas, por su ineficiencia o su corrupción. Esto es lo que ha sucedido en España, donde muchas personas de izquierdas han decidido votar por Podemos porque les pareció una opción más ilusionante que el PSOE o IU. No es que sea algo muy diferente, porque comparte con ellos una ideología que en el fondo sigue siendo cochambrosa y reaccionaria.

    Pero la forma de presentarla es seductora; basta recordar las consignas engañosas pero potentes de Pablo Iglesias y sus secuaces, desde «contra la casta» hasta la última simpleza de su fértil usina demagógica: «contra el Ibex 35», como si a los españoles les arrebataran por la fuerza la libertad y el dinero las entidades que cotizan en Bolsa, y no los gobiernos.

    Al principio nuestros populistas, igual que en otros países, recurrieron a métodos violentos, a mensajes radicales, y a una análogamente vergonzosa complicidad con los peores regímenes del planeta, como el iraní, el kirchnerista o el chavista. Una vez conquistadas cuotas de poder, empero, cambian el discurso, porque la mentira jamás representa obstáculo ni suscita remordimiento, y ahora simulan ser serenos estadistas, admiradores del euro y de la socialdemocracia nórdica. No es descartable que terminen abrazados al Fondo Monetario Internacional, como su otrora idolatrado Tsipras. Nada es descartable con los populistas, precisamente porque mienten sin pudor para conseguir su objetivo: el poder. Y si para eso hay que impedir a gritos que Rosa Díez hable en la Universidad Complutense, o asaltar allí la capilla, o lagrimear en recuerdo de Hugo Chávez, o presentarse con maternal naturalidad y amamantar a un niño en el mismo hemiciclo del Congreso de los Diputados, o venir al Parlamento en bicicleta, o ir en mangas de camisa a ver al rey o de esmoquin a la fiesta del cine, pues se hace y ya está. Lo que no se hace nunca es perder el foco de las cámaras, porque para el populismo la imagen es cualquier cosa menos un accesorio; de ahí que Podemos haya luchado a brazo partido por conseguir sentarse en las primeras filas en el Congreso: tienen que estar ahí, para que los filmen.»

    Otra parte de tu intervención me ha llamado poderosamente la atención. Esa es en la que tildas de “anarquistas a Elon Musk, Jeff Bezos o, para marcar una figura hispana, Amancio Ortega.”

    “Estos individuos, además de acumular un capital incoherente en relación al conjunto…”

    Yo tenía un amigo (QEPD) que cuando sacó las oposiciones a corredor de comercio me confesó: “Ya he trabajado todo lo que tenía que trabajar. Y el que quiera lo mismo, que haga lo que hecho yo. Es público”.

    Así es que, recordando a mi amigo Manolo, para tener lo que tiene Amancio Ortega, cualquiera puede intentarlo. Sólo tiene que empezar a trabajar a los 14 años en una tienda. Y después, a medida que vas ganando dinero, vas creando puestos de trabajo y dando de comer a cientos de miles personas en todo el mundo. Y esa es la diferencia entre el capitalismo y el comunismo: los primeros generan riqueza, dan de comer, reinvierten. Los comunistas sólo generan hambre, miseria y miserables.

    Y ya para terminar, no quería dejar pasar la ocasión de comentar otra frase que también me ha llamado la atención:

    «En España tenemos el ejemplo de VOX y su descomunal financiación recibida de manera primordial del mundo de las grandes empresas.»

    La verdad es que desconozco por completo las fuentes de financiación de VOX y desde luego, no me parece que sea ilegal que un partido político reciba donaciones de empresas, sobre todo, si éstas – las empresas – no se benefician de adjudicaciones que le reporten beneficios, que no creo que sea el caso, porque los de VOX no gobiernan. Pero, aunque así fuera, si recibiesen donaciones por parte de empresas y éstas se beneficiaran, al parecer y según la próxima modificación del concepto de malversación, habrá ladrones malos que serán esos que se metan el dinero en su bolsillo y ladrones buenos que serán los que roban, pero se lo dan a otros. Aunque me temo que en el caso de VOX van a ser culpables hasta de la traición a Viriato.

    En cualquier caso, lo que sí me sorprende es la calificación de “financiación descomunal”. Hasta donde yo sé, los de VOX no se han visto en la necesidad de que ninguno de sus dirigentes haya tenido que abrir 145 cuentas bancarias para acumular las donaciones, algo que la UDEF ha acreditado que sí hizo Carolina Bescansa con Podemos. Del mismo modo que Juan Carlos Monedero tenía otras 93 cuentas más a disposición del mismo partido.

    Por lo demás, lo del populismo es un tema apasionante.

    Un saludo cordial.

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