Rebotes by Pedro Martínez de Lahidalga

El camino del equívoco nace estrecho, pero siempre encuentra quien esté dispuesto a ensancharlo” (José Saramago)

Se dice que la distancia más larga entre dos personas es el malentendido. Esa particular reinterpretación rayada o chunga de cualquier nimiedad que provoca en los individuos (cual huracán desatado a partir de una primera y cuasi inapreciable inestabilidad latente en las capas bajas de la atmósfera) un alejamiento acelerado sólo comparable con la expansión ultrarrápida del universo, producto de aquella inflación cósmica precursora del recalentamiento que le llevaría a su estallido (el bang del Big Bang). Fenómenos de gravedad repulsiva causados ambos por ínfimas partículas: el inflatón en la cosmología física o, para el caso humano, un simple equívoco.

 Llevamos tiempo deambulando por las alrededores de esa aparente evidencia científica de que la naturaleza contenga en su origen una complejidad cuántica, aunque al escurridizo inflatón (partícula que en la teoría debiera ser algo parecido a un bosón de Higss menos masivo) o a su “contragemelo” el gravitón, todavía los estamos buscando. Dominios, en todo caso, de ese fluctuante campo escalar donde reinan azarosas perturbaciones que, por el momento, nos impiden perfilar una explicación más o menos completa o unificada de este incomprendido mundo. Otras teorías penúltimas (ésas que intentan evitar la indeseada singularidad a la que conduce sin remedio la relatividad general) dirigen sus investigaciones desde la hipótesis de que nuestro universo se formó a partir del colapso gravitatorio de otro anterior, produciéndose el Gran Rebote (Big Bounce) en el que un universo ya existente habría pasado de su primitiva fase de contracción a ésta de expansión (la así llamada Cosmología Cíclica Conforme -CCC- u otros tantos de los novedosos y rebuscados modelos de gravedad cuántica de cuerdas, lazos o bucles). Sea como fuere y aceptado el símil cosmológico, si tales contingencias o alteraciones -a más de sus posibles rebotes- las extrapolamos al devenir humano, nos pueden servir como analogía para explicar lo inexplicable de nuestra conducta y sus rebotadas reacciones, esas que -así, a la pata la llana- no hay quien las entienda.

 Quizás no fuera necesario irse tan lejos ni apuntar tan alto para poder explicar este tan peculiar fenómeno. Así como Freud utilizara los pequeños lapsus del inconsciente para demostrar que el origen de ciertas lagunas involuntarias ya se encuentran latentes en conflictos psicológicos previos del individuo, de la misma manera resulta muy posible que ese “factor de distorsión” propio de cualquier malentendido no sea del todo involuntario u azaroso sino que, por algún motivo más o menos secreto u oculto, manejamos una cierta propensión a decodificar los mensajes en función de una realidad que no existe pero que cada cual desea o necesita crearse y de paso -ya puestos- creerse. En definitiva, un escondido u oscuro interés más o menos consciente en no ser comprendidos o no querer comprender y que, dicho a la manera del citado Saramago, correspondería a esa especie de predisposición del personal a ensanchar por su cuenta y riesgo ese camino originariamente estrecho del equívoco.

 Verdad es que siendo así en la mayoría de las ocasiones, no todas las situaciones tergiversadas tienen porqué contener tan rebuscadas analogías ni tales profundidades psicológicas, pues los supuestos malentendidos también nos los llegamos a encontrar en bruto (a lo bestia) mas a ese suceso lo llamamos equivocación, también conocida como cantada o cagada (en los ambientes). Un ejemplo: imaginemos el infausto resultado que podría llegar a producir una simple confusión durante la filmación -pongamos por caso- de un remake sobre la vida de María Estuardo si, durante el rodaje de la secuencia del ajusticiamiento en el castillo de Fothringhay, el modesto actor que hace el rol de verdugo -con la máscara cosquilleándole la nariz mientras está pensando en las musarañas- eleva maquinalmente el hacha sobre los hombros en el momento que es sorprendido por un tajante (nunca mejor dicho) e inesperado ¡COOoooRTEN! vociferado por el megáfono del director, con la precisa intención de abortar la toma y la equívoca (para nuestro despistado figurante) de cortar por lo sano y así, cual autómata, dejar decapitada a la infeliz que por cuatro perras hubo aceptado doblar en el cadalso a la protagonista que hacía de reina de Escocia… La escena no me la he inventado, algo parecido recuerdo haber visionado en algún sketch humorístico de cuando la televisión se mostraba a nuestros ojos (tiempo ha) enternecedoramente ingenua y, a veces, hasta divertida. No sé si ése fuera el caso.

 Bromas aparte, dejemos estos desatinos o despropósitos para mejor ocasión pues estamos hablando de cosas serias, o al menos eso quiero pensar. Hoy parezca  que el mundo esté más conectado que nunca pero, visto desde el inapelable marco de la sociología de andar por casa (la basada en el contraste de la experiencia y sus merodeados entornos o alrededores) lo cierto es que la soledad se extiende al ritmo de la (pasada) pandemia en una sociedad rebotada de reales o imaginarios agravios u otros rebuscados malentendidos que predisponen, si no es que arrastran, a los así auto-ofendidos a los abismos del resentimiento. Mirado desde ese ámbito ¿quién no ha experimentado alguna vez los inevitables conflictos en sus círculos personales más cercanos de compañeros, amigos o familiares? Microcosmos en los que nacen, crecen y vienen a reproducirse a escala reducida -pero muy profunda- una gran parte de las tantas interacciones sociales que, las más de las veces, esconden una moneda que muestra sus dos caras: una identidad amenazada en su manera íntima de ser y la subsiguiente autoestima (ese sentimiento de orgullo personal) herida. Disputas que, al no quedar resueltas, tienden a avanzar con el tiempo para acabar en  encontronazos, desencuentros u otras de las tantas y tan variadas desavenencias con efecto rebote.

 La verdad es que, de una u otra forma, todos transitamos nuestro personal e intransferible malentendido vital de sentimientos y juicios (más bien prejuicios) basados en hechos que en no pocas de las ocasiones jamás llegaron a existir realmente y que solo son el producto calenturiento de nuestra mente en su desesperado intento por anteponerse a los acontecimientos y sus posibles consecuencias, anticipadas como negativas. Tal como lo expresara el gran humanista Michel de Montaigne (1533-1592) cuando, a modo de aviso, nos previene del vicio de cultivar enemigos e infortunios imaginarios, al confesar: “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”. Y yo me pregunto ¿acaso cabe mayor equívoco existencial que éste de vivir rebotado por anticipado pensando en futuras o imaginadas desdichas? Como decía el otro, la respuesta está en el viento…

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s