Las cuchillas de afeitar y el acoso al consumidor.

Imagen de Dmitriy en Pixabay

No creo equivocarme mucho si afirmo que casi todos – por no decir todos – hemos oído hablar de la obsolescencia programada. Por si acaso alguien lo ha olvidado, se trata de que los fabricantes de cualquier producto, ya sea un tostador, un reloj o un termo de gas, tiene una vida útil corta, lo que obliga al consumidor a adquirir uno nuevo. Aunque hay productos que, por su propia esencia, podrían permanecer casi inalterables hasta el fin de los siglos. Pero claro, eso no interesa para nada y entonces entra en juego un truco, una artimaña rastrera, que consiste en obligar al consumidor a pasarse al nuevo producto obligatoriamente. Estoy hablando de las cuchillas de afeitar.

Aunque es evidente que no todos los que lean estas líneas se van a sentir aludidos, sirva este ejemplo para ilustrar el asunto en cuestión.

Como es fácil adivinar, soy de esos que se afeitan con cuchillas. Al principio de que se implantara este nuevo método, se empezó por usar 2 cuchillas. Luego el número fue aumentando y desde hace tiempo está establecido en 4 cuchillas por unidad. Ahora el problema viene con los diferentes formatos de las maquinillas donde se insertan las cuchillas.

Las diferentes marcas usan el mismo sistema, pero realizan los cambios necesarios para que sólo y exclusivamente uses las cuchillas que ellos fabrican. Algo así como los adaptadores de los teléfonos móviles, pero con el afeitado. Bien. Hasta ahí, más o menos todo bien.

Los problemas empiezan cuando la casa fabricante, saca un modelo nuevo y tú quieres continuar con el de siempre. ¿Para qué vas a cambiar? Pues en un momento dado, la presión del fabricante hace que “tus cuchillas de siempre” empiecen a escasear en la sección de perfumería. Cada vez encuentras más cuchillas del nuevo modelo y menos del tuyo. Pero tú, rebelde con causa, insistes en tu lealtad al viejo sistema. Entonces, los de Marketing del fabricante que son unos ladinos, urden un maquiavélico plan, que consiste en fabricar las cuchillas que tú usas, pero hacerlo con defectos, de tal forma que después de que te has comprado un recambio nuevo, cuando usas el primero, aquello más que una cuchilla de afeitar parece una guadaña desafilada y te deja el rostro como si te hubieras peleado con un puma. Ahí es cuando te rindes y decides pasarte a otro fabricante. Ya que no te queda más alternativa que cambiar de sistema y comprarte una maquinilla nueva, intentas hundir el negocio de Gillette y te pasas a Wilkinson.

Y al principio todo va bien. No tienes problemas de suministros, las cuchillas son suaves y te deja la cara como el culito de un recién nacido: liso y escocido. Porque no sé si lo he dicho, pero afeitarse con cuchillas agrede a la delicada dermis del rostro por muy varonil que se sea. Lo de afeitarse con un machete “en seco”, se lo dejo a Cocodrilo Dundee o Humphrey Bogart y a Hollywood.

El caso es que, con el tiempo, cuando te comprabas el recambio de las cuchillas, te entraban 5 cuchillas. Al cabo del tiempo, ya sólo te entran 4 y te cuesta lo mismo o más caro. Y llega un momento en que no es raro que al comprar un recambio te quieran vender 3 cuchillas a precio de whisky de 50 años en barrica. Y hasta ahí podíamos llegar. Que una cosa es adecentarse y otra que te cueste un ojo.

Entonces comienza una desesperada búsqueda de aquellas perfumerías donde poder comprar un recambio de la misma marca que usas, con 4 cuchillas, y la cosa se convierte en un triste peregrinar, de esquina en esquina, como si de un alcohólico en busca de una botella de vino peleón se tratara. Y lo peor es que llega un momento en que no encuentras ese modelo de cuchilla, ni con cuatro, ni con tres ni con diez. Ahora, una vez más, si quieres seguir afeitándote con esas cuchillas, simplemente no puedes. Tienes que comprarte una nueva maquinilla, con su nuevo modelo de cuchillas, para hacer lo mismo que hacen todas, pero más caro. Algo parecido a lo que ocurrió con el famoso Efecto Año 2000, que se invirtieron millones de pesetas en dejar las cosas como estaban.

Y retomo lo que decía al inicio. Todos nosotros somos víctimas directas de las maniobras de los fabricantes de cualquier producto, ya se trate de maquinillas de afeitar – puedo montar un museo exposición con todos los modelos que tengo guardados -, una cafetera, una lavadora, un mando para la tele, un teléfono móvil o cualquier electrodoméstico. No es que seamos unos consumistas irredentos, es que nos obligan a tener que consumir porque si no, nos eliminan de la ecuación.

En mi caso la solución podría ser dejarme barba. Pero no, así es que no me queda otra que pasar por el aro, sucumbir en mi solitaria lucha contra las poderosas empresas del afeitado.

De hecho, estoy comenzando a barajar la posibilidad de empezar a comprar las cuchillas que quiero en Amazon.

© Carlos Usín

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s