Los estatutos by Nacho Valdés

El poder, en cualquiera de sus formas, defiende inmarcesiblemente su privilegio. Solo unos pocos son capaces de alcanzar el liderazgo, o incluso la práctica del proselitismo, dado que la endogamia supone la primera barrera a batir. Un vistazo superficial a nuestra historia nos devuelve la imagen de clubes, familias, colectivos, grupos o especialistas vetando el acceso a sus selectos círculos por motivos múltiples y variados: la necesidad de algún requisito técnico, la pertenencia a un círculo estipulado o el simple capricho genético pueden implicar razones para el ingreso o rechazo en alguno de los innumerables espacios comunitarios. Al fin y al cabo, se pretende la gestión o disfrute de un contexto social concreto y definido por ciertas reglas.

En el sentido apuntado, las normas de acogida pueden resultar explícitas como pasa por ejemplo con la monarquía. Del primus inter pares constreñido por la nobleza se fue pasando a otras fórmulas como la lex salica para terminar en las actuales monarquías parlamentarias. En este punto, encontramos textos constituyentes en los que se define de manera más o menos clara las funciones, actividades y prebendas, porque sigue habiéndolas, a saborear. El poder, por tanto, implica el paladeo de cierta exclusividad devenida como necesidad después de un tiempo, de ahí el ahínco con el que se protege el patrimonio atesorado tras luchas fratricidas, engaños, logros y derrotas. Se llega incluso a desarrollar cierta clase de autognosis distorsionada en relación a la propia percepción para de este modo elevar simples mortales a la altura incluso de criaturas celestiales. Por la gracia de Dios, decían.

Aquí, claro está, se necesita la conveniencia del pueblo, militancia, súbditos o acólitos, pues, en caso contrario, el jefe de tribu acabará sus días bajo el empuje de los aspirantes a ocupar su lugar. ¿Qué mejor manera de justificar la propia presencia que convertirla en ley? O mejor aún, elevarla a palabra divina como ya se ha destacado. Conviene en este punto recordar a Weber y sus tipos ideales referidos a la autoridad: carismático, tradicional, legal y económico; siempre, en mayor o menor medida, mezclados y agitados para lograr el sostenimiento del statu quo.

En España y Portugal, para diferenciar al cristiano viejo se crearon a partir del siglo XV los Estatutos de limpieza de sangre garantizando así la dispensa para liderar lo común. La fórmula abundaba en la moralidad destilada por la sangre que de este modo circulaba intergeneracionalmente por una canalización artificialmente pergeñada. Por el contrario, la morralla incapaz de demostrar su ascendencia o, lo que viene a ser todavía peor, aquellos indudablemente vinculados a cierta rama proscrita terminaban arrojados a los márgenes de lo social. Por esta vía, sancionada doblemente gracias a la espiritualidad y la reglamentación codificada, se levantaba una sólida respuesta ante los advenedizos dispuestos a arrebatar la histórica dirigencia depositada con exclusividad sobre un grupo.

Con el tiempo, esta práctica fue objeto de lo mismo que sucede en todo aquello referido al dominio: fue rapiñada. La picaresca, la falsificación y, en último término, el avance social, enviaron al traste esta costumbre. Pero, de manera soterrada, sigue absolutamente vigente. Ya no se establece una normativa explícita, aunque las sagas familiares, el dinero, la formación o el estrato social persigan el establecimiento de una suerte de estatutos para ocupar un ámbito de lo comunitario. En este sentido, resulta llamativo el caso de la izquierda española incapaz de forjar un frente común y siempre sumida en sus propias controversias. Incluso en momento benignos para con sus intereses caen en la trampa de la derecha, siempre más organizada en este terreno. De hecho, su pragmatismo les permite gobernar sin sonrojarse por sus coaliciones o mixturas. Saben de sus diferencias, pero las abandonan sin titubeos por el vil metal. Por su parte, el idealismo de muchos sectores progresistas conduce a la atomización por imperar la limpieza de sangre. Finalmente, se logra la inacción y se instala el marasmo mientras se abandona la dirección de lo social.

Asistimos aburridos a la enésima lucha facciosa y cainita para abonar este cantonalismo patrio. Los medios de comunicación, mediatizados por el propio poder en su vertiente fáctica, alimentan la disensión y firman un mensaje de separación que dispersa el voto provocando la ruina. El círculo, lejos de ser virtuoso, resulta vicioso, pues, sin la posibilidad de acceder al mandato no es factible la alteración de la opinión pública. El relato de la izquierda nacional es un mortinato inane y sin posibilidad de rehabilitación si no se entierra la exhaustiva categorización teórica. Mientras continúe visibilizándose la grieta será aprovechada y la posibilidad de gobierno se alejará por ese agujero. Por su parte, el conservadurismo se mantiene en su senda vigorosa capaz de llevar a su terreno incluso a aquellos sobre los que se sostiene. Para conseguir esto es necesario convencer y para convencer no es requisito hacerlo bien, más bien controlar la historia desde la propia perspectiva.

El peligroso elitismo de la militancia específica, del manejo desde la supuesta aristocracia de la gestión, conduce a la diáspora del enrocamiento fundado en el solipsismo. Terrible destino si se cuentan con las razonas, pero no con la posibilidad. De este modo, y como predijo Platón, se abandona el poder para ser ejercido por los peores hombres. Se deserta de lo político por confundirse con la refriega, proliferan las siglas, los objetivos y se superponen las voluntades sin que se logren caminos convergentes o paralelos. Esta monadología es el gran pecado de la izquierda española empeñada en el descrédito del compañero por el miedo, la incapacidad o la mitología sectaria de cada afluente. Mientras esto sucede el caudal principal resulta olvidado, se posterga su conquista mientras el tradicionalismo ahonda en su reacción con el respaldo de una mayoría conquistada gracias a sus cantos de sirena.

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