Estoy a dieta.

Imagen de Devon Breen en Pixabay

De hecho, llevo a dieta toda la vida. O esa al menos es mi sensación.

Soy hipotiroideo. No es contagioso ni comporta ningún tipo de vicio ilegal (de momento). Es sólo que coma lo que coma, me engorda. He conocido a personas que han ido a un endocrino para engordar. Sí, sí. Hay personas que van al médico a ver si engordan. Se comen dos donuts y adelgazan y a mí me engorda hasta el agujero de en medio. En fin, ¡qué le vamos a hacer! Es lo que hay.

Ya sé que lo habitual habría sido ponerme a dieta en enero, como el resto de España, pero es que yo siempre he ido a mi ritmo en cualquier ámbito. Como aquel escritor, Fernando Arrabal.

Antes de ser conocido como escritor y presentarse en un programa de TV completamente ebrio, trabajaba en una empresa ya desaparecida. El hombre – ya se sabe que los artistas son muy suyos – al parecer llegaba tarde a fichar todos los días. Y un día le llamó a su despacho el jefe de Personal – en aquellos años no se llamaba Recursos Humanos-. Evidentemente, el jefe, le llamó la atención por su falta de disciplina y D. Fernando le sorprendió negando la mayor.

  • Es imposible que yo llegue tarde.
  • Pero Sr. Arrabal, mire usted. Aquí tengo su ficha y está claro que lo hace con demasiada frecuencia, casi a diario – adujo el jefe.
  • Le repito que es imposible que yo llegue tarde, porque salgo de MI casa a MI hora y vengo a MI paso.

Pues lo dicho, que a mí los convencionalismos sociales en cuestiones de dietas los ignoro. Y si me apetece me pongo a dieta ahora, en diciembre, cuando todo el mundo se pone ciego de cordero, cochinillo, besugo, chocolates, polvorones y turrones.

La primera vez que me tuve que poner a dieta fue cuando tenía 18 años. En aquella época, entre el trajín diario de autobús va y autobús viene y los partidos de fútbol los fines de semana, en cuestiones alimenticias me comportaba como una piraña insaciable, pero no tenía sobrepeso. Y mientras mantuve la actividad no hubo problemas. Hasta que, por imbécil, me rompí el peroné y los ligamentos jugando al fútbol y entre pitos y flautas, que si la escayola, la inmovilización, la recuperación y demás, me pasé como tres meses en el dique seco sin jugar al fútbol. Y claro, comiendo lo mismo que antes. Esa fue la primera vez.

Recuerdo de forma especial otra de las épocas en las que estuve a dieta. Ya estaba trabajando y aunque seguía jugando al fútbol (fútbol sala), debía continuar prestando atención a mi ingesta, bajo la estricta y acusadora mirada del endocrino de Sanitas, un individuo de aspecto serio y de trato arisco. Presentarse en su consulta sin haber cubierto el objetivo de pérdida de peso, suponía una tortura psicológica peor que la de presentarse a un examen sin haber estudiado.

Recuerdo que el primer día que me atendió, después de las consabidas preguntas abrió un cajón de su escritorio y sin mirar, sacó un papel que me entregó. Ese era el plan de comidas y calorías que diseñó para mí. Un régimen de calorías escrupuloso.

Como entonces trabajaba a turnos, había uno que era desde las 18.00 hasta las 24.00. Para la cena en la oficina, me llevaba de casa mi sopita en un termo y de postre una manzana. Lo malo era la panda de traga aldabas que tenía por compañeros. El peor de todos era Zoilo. Gallego por más señas.

El bueno de Zoilo era el responsable de organizar cada día la manduca de todos los que allí estábamos currando. Luego, recolectaba el dinero, salía a comprar las cosas y regresaba como si hubiera hecho la compra del mes para su casa.

  • ¿Hoy cuántos somos? – decía a la hora de organizarlo todo.
  • Seis…ocho…
  • Vale. Seis litros de cerveza y seis barras de pan (de a kilo). ¿Con cuatro pollos asados tendremos bastante?
  • Yo creo que sí – respondía dubitativo Jesús-. Yo me encargo del postre -añadía-, que he visto en la cafetería una tarta de chocolate rellena con naranja, que tiene buena pinta.

Y entonces Zoilo me miraba con cierta pena y me decía con su acento gallego:

  • ¿Y tú…no comes nada?
  • No, no, gracias. Yo ya me he traído mi sopita y mi manzana.

Y en ese momento se escuchaba una estrepitosa carcajada general por parte del resto de colegas.

Como el bueno de Zoilo, por muy alto que fuera – que sí lo era – y muy gallego – que también – era incapaz de acarrear con semejante encargo, se hacía acompañar de otros dos compañeros y entre los tres se repartían las funciones. Uno iba a por los litros de birra, el otro a la panadería a arramplar con lo que quedara del día y el tercero iba a dejar sin existencias el asador de pollos más cercano a las oficinas. Ventajas de trabajar en un barrio de Madrid.

Mientras tanto, en las oficinas – ubicadas en un sótano, que albergaba el ordenador central de la compañía-, se iban haciendo los preparativos como si se tratara de una boda. Se movían las mesas, se cubrían para no mancharlas con el famoso papel pijama – que escupían sin descanso las gigantescas impresoras- y todo el mundo se preparaba para un nuevo festín.

Cuando llegaban Zoilo y sus muchachos, se empezaban a repartir las viandas para que estuvieran al alcance de todos. Porque, además, los había que añadían cosas de su propia cosecha. Lo normal era que una de las barras de pan, se abriera en canal de arriba abajo, como quien destripa un carnero, y en ella se fueran depositando latas de sardinas, rodajas de mortadela, chorizos del pueblo, todo ello distribuido estratégicamente sobre la barra, de modo que cualquiera pudiera disfrutar de todo lo allí depositado.

Mientras a mis colegas les resbalaba el aceite hasta los codos y la grasa del pollo llegaba hasta sus cejas, un servidor, salivando como una hiena hambrienta, intentaba tomarme la sopita de fideos a cucharadas para que me durase más, en vez de bebérmela como si fuera una cantimplora. Pero lo peor no era ser testigo de cómo esa panda de desalmados comía a dos carrillos y bebían cerveza como si no hubiera un mañana. Lo peor estaba por llegar: el postre.

Jesús era el encargado del postre. Jesús era un sibarita. Él cambiaba el turno de día, el mejor de todos (12.00-18.00), con otro compañero, el que fuera. Prefería subir a Navacerrada y pasarse la mañana esquiando. Luego, en el turno que empezaba a las 18.00, aparecía con toda la cara morena y con las señales de las gafas.

Era igual de exquisito en cuanto al buen yantar se refiere. Así es que era el encargado de escoger la tarta de entre las suculentas propuestas que tenía la cafetería de la esquina.

Y mientras mis compañeros terminaban la “merienda” con un trozo de tarta de chocolate rellena de naranja, y un cigarrito, un servidor mordía con fruición la manzana que mi querido endocrino de Sanitas me había prescrito.

Otra de las épocas que recuerdo especialmente fue cuando acudí a un reconocido endocrino del barrio de Salamanca de Madrid. Más concretamente en plena calle Velázquez. La creme de la creme.

La primera sorpresa fue cuando la recepcionista me dijo: “Hola, buenas tardes. Son trescientos euros, por favor”. Eso era solamente por añadirme a su lista de pacientes. O sea, por saludarme. Luego, cada vez que acudía al consabido control, eran 100 euros más. A lo que había que añadir las medicinas, que solían ser otros 100€. También me sometió a una prueba de intolerancia alimentaria, o más bien, de descubrir qué alimentos no eran aconsejables porque podrían ralentizar la digestión o proporcionaban más azúcar que la debida. Fue un análisis muy detallado y con resultados muy sorprendentes. Otros 300€ más. Claro, a ver quién era el tonto que se atrevía a no seguir al pie de la letra las indicaciones del endocrino con esos precios. Adelgacé, por supuesto que adelgacé.

Así es que eso de estar a dieta, en mi caso, ha sido un asunto recurrente; una auténtica montaña rusa de subir y bajar kilos periódicamente, como si quisiera parecerme a Robert De Niro o a Torrente.

Lo malo de este asunto es que al final te vas haciendo con un montón de ropa que nunca sabes si vas a volver a usar. Pantalones de todas las tallas y cinturones que son tan largos que parecen el látigo de Indiana Jones; que en ocasiones los miras y piensas “pues yo nunca me vi tan gordo como para necesitar esta plaza de toros”.

Llega un momento en el que te acostumbras a ser comedido con las comidas, unas veces porque haces deporte y otras porque las transaminasas las tienes como para hacer un paté con tu hígado. No bebes alcohol por lo del fútbol o lo haces de forma muy moderada; tampoco has fumado nunca. Y aunque hace ya tiempo que no juegas al fútbol y que el único deporte que practicas es el ajedrez, por mucho interés que pongas en llevar una vida sana, ¡que no hay manera, oye! Que es que miras a través del escaparate de una pastelería y sólo por pegar la nariz al cristal engordas un kilo. Así es que te relajas un poco y te dices: “¡qué demonios! A disfrutar un poco que nos quedan tres telediarios”.

Pero a pesar de esos intentos, y de liarte la manta a la cabeza y darte algún caprichito que otro, lo cierto es que no estás bien, no te sientes a gusto y lo peor es que sabes que o cambias, o la cosa va a ir a peor. Y es entonces, al margen de que sea diciembre, agosto o marzo, cuando decides ir – nuevamente – a un especialista. Aunque en esta ocasión no se trata de un endocrino.

Ya he tenido la primera entrevista con ELLA. Una especialista en nutrición deportiva. Me preguntó si practicaba algún deporte y le pregunté si el ajedrez contaba.

Le tuve que explicar que la última vez que le di una patada a un balón de fútbol, estaba jugando en un jardín de un chalet con un niño de 8 años. Así es que no estaba en el Bernabéu ni pretendía hacer un pase de 50 metros como los que hace Kroos. Da igual. Me rompí el aductor de la pierna derecha desde la rodilla hasta el pubis. Me retorcía de dolor en el suelo sin poder moverme y gritando, mientras a mi alrededor, el resto de asistentes a la fiesta – bastante afectados por el alcohol -, se partían el pecho de la risa viéndome en el suelo retorcerme de dolor sin saber qué me pasaba. Me pasé los siguientes tres meses a base de paracetamol cada 8 horas y caminando como las muñecas de Famosa, con pasos cortitos y poniendo sumo cuidado a la hora de bajar del bordillo de la acera.

Ahora, mi nueva dietista, me ha sugerido que debo hacer ejercicio. Así es que asumiendo que en el fondo tiene razón y que el precio del gimnasio municipal es ridículo, me voy a apuntar.

Estuve charlando con el chico que hay en recepción, un tío joven, cachas, pero que tiene tres hernias en la espalda. Le conté por encima lo que pretendía y entonces me mostró unas cartulinas plastificadas donde con dibujitos – como para tontos – se describían los ejercicios a realizar, desde los más sencillos hasta los de JJ.OO.

Me dio un poco de vergüenza decirle que, aunque apreciaba lo que me estaba mostrando, lo cierto es que no veía nada sin las gafas para leer. Todo era borroso y me preguntaba para mis adentros, si las iba a necesitar para “leer” los ejercicios.

El objetivo es que el primer día no tengan que llamar a la ambulancia, pero al menos, el verano que viene podré pasear tranquilo por la playa sin temor a ser perseguido por un ballenero japonés en busca de su pieza.

©  Carlos Usín

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