Oficios perdidos: El afilador

El Correo de Andalucía

Esta es la primera entrada de una serie que voy a dedicar a recordar ciertos oficios y profesiones con las que algunos intentaban ganarse la vida, allá en el lejano siglo xx y que ya han desaparecido. Un modesto homenaje a todos ellos que sobrevivieron a una guerra civil y se encontraron con un país en la edad de piedra después. Un estilo de vida que tal vez resulte cuanto menos curioso a los que ya han nacido con móvil, PC y Netflix. Un recuerdo nostálgico a los demás.

Yo hablo de estos oficios de España y sobre todo de Madrid, pero sería muy enriquecedor conocer otros oficios y costumbres esparcidos por la amplia geografía que abarca MASTICADORES.

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¡Qué sensación tan extraña! En pleno siglo XXI se me hace raro escuchar desde casa el inconfundible sonido del chiflo del afilador, acompañado de su alocución anunciando sus servicios. Eso me ha transportado en un viaje relámpago a mi niñez cuando, incluso en una ciudad como Madrid, era habitual ver en ciertos barrios, a ciertos oficios hoy desaparecidos. El afilador era uno de ellos.

Anunciaba su presencia con una melodía inconfundible cuyos tonos salían de una flauta de pan o chiflo. El hombre usaba una bicicleta especialmente adaptada de tal forma que, llevaba montada en su parte trasera el esmeril mecánico con una piedra de afilar. Con un simple gesto de elevar la parte trasera ya estaba disponible para afilar, “tijeras, cuchillos, hachas…”. 

Se desplazaba a paso lento, algo cansino, sin prisas. Con ello y su cantinela daba tiempo a las amas de casa para arreglarse lo justo y bajar a la calle para aprovechar los servicios profesionales del hombre.

Antes de llegar a las grandes ciudades el oficio de afilador era de gran importancia y raigambre en el mundo rural, sobre todo en áreas tradicionalmente agrestes, montañosas y, por ende, mal comunicadas. Galicia era un claro ejemplo.

Trabajadores itinerantes, sin raíces conocidas en ninguna parte, establecieron rutas en las que las etapas variaban poco unas de otras, haciendo que su presencia en las aldeas y pueblos de la comarca, se asemejara a una especie de cometa con aparición periódica y casi predecible.

También resultó inevitable que esa mezcla de saber técnico y oficio itinerante de los afiladores gallegos acuñara un lenguaje gremial propio: «o barallete», una auténtica joya antropológica.

El «barallete» es una lengua, una forma de entendimiento creada por los afiladores orensanos con el único fin de que nadie les entendiera y así poder hablar libremente en cualquier lugar y delante de cualquier persona tanto de temas referentes al oficio como a los acontecimientos o novedades con las que se encontraban diariamente.

Los americanos en el SGM utilizaron a indios navajos como transmisores y receptores de mensajes por radio, al tratarse de una lengua desconocida por todos era imposible descifrar las conversaciones. Quién sabe si no usaron también a algún afilador natural de Castro Caldelas.

Gallegos hay, ha habido y habrá en todas partes y hay testigos que afirman haber detectado este idioma en Argentina y en Uruguay.

Lo dicho, los gallegos llegan a cualquier parte.

Carlos Usín

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