El nosce te ipsum más disparatado by Esther Astudillo

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¿Quién no se ha sorprendido alguna vez al ver refutada su versión de los hechos de un día cualquiera de su vida? El azar, las circunstancias… nos pueden enfrentar a una versión de nuestra vida tan incontrovertible como irreconciliable con la versión ya establecida. De repente a nuestros pies, el abismo. ¿Puedo o no confiar en mi mente? Y si no puedo, ¿qué me queda? ¿En qué puedo confiar más infalible? ¿Qué hay más allá de mi yo?

Nuestra memoria no es certera: es dúctil, maleable, selectiva, sesgada y marcadamente subjetiva. Y precisamente por ello tiende a engañarnos, por paradójico que parezca. Porque ¿para qué habríamos desarrollado tal herramienta si no para confiar en ella? 

Ciertamente, la memoria es pieza clave en la inteligencia humana, y eso le valió ser seleccionada en nuestra historia evolutiva. Pero de ahí a asumir que por ello deba ser fiel a la ‘verdad’ hay un abismo. 

Es término habitual el de ‘falsos recuerdos’, sin embargo distintos de los llamados dejà vus. Siendo diferentes, ambos se relacionan con la memoria. Un ‘falso recuerdo’ es la percepción de haber experimentado una secuencia de hechos que, sin embargo, no supera el contraste con otras evidencias que demuestran su falsedad: los hechos ocurrieron de forma distinta a como el sujeto los recuerda. El sujeto está fabulando. 

El proceso de inscripción del falso recuerdo se realiza con posterioridad al momento en que los pretendidos hechos se sucedieron, y es inconsciente. En él son fundamentales el autoconcepto, la relación con los otros y demás factores psicológicos. Tiene una función adaptativa, dirigida a  salvaguardar la autoestima: suele beneficiar la ‘autoimagen’ y evita poner al sujeto en entredicho ante los demás y ante sí. 

Pero si tan frágil y volátil es la memoria, ¿qué decir del yo? ¿Es confiable la visión propia que tenemos? ¿Qué hay de la introspección? ¿Del nosce te ipsum de los antiguos? ¿Es la percepción certera? Bien sabemos que no. El conocimiento propio, ¿no es también perceptivo? Y si la ciencia confirma que las percepciones son ‘falsas’, ¿no debería ello extenderse a la introspección? 

Estamos hechos para sobrevivir en unas condiciones determinadas, no para indagar sobre qué nos ha traído aquí ni sobre el sustrato que posibilita nuestra adaptabilidad. Sin embargo, la humanidad  tomó un rumbo inesperado al dar nacimiento a la conciencia y acceso al dato de alojar una mente. Y ahí yace el meollo. Que podamos indagar no significa que los resultados de nuestras pesquisas sean ‘acertados’: la finalidad de la maquinaria no era esa; no deberíamos extrapolar la eficiencia de la mente para un fin a un fin distinto. 

Y si el mundo puede bien no ser más que una ilusión, ¿de quién lo es? ¿Es el sujeto también una ilusión? A Descartes el tema le quitaba el sueño: el sujeto fue su única certeza. Hoy, dilucidar si el sujeto es ilusorio o real no le quita el sueño a nadie. El axioma es que la identidad y la conciencia son experiencias subjetivas y que no es posible demostrar nuestra existencia más allá de dichos límites.

La neurociencia se está aproximando a la mente desde una perspectiva pragmática y materialista, partiendo de que el cerebro crea la mente. La mente está constituida por ‘módulos’ altamente especializados con funciones específicas que trabajan en serie y en paralelo, localizados en ubicaciones concretas de la corteza cerebral. Se ha establecido que es crucial que el cerebro esté subdividido en dos hemisferios, cada uno con una distribución típica de funciones. El derecho es especialista en facultades visuoespaciales no verbales, emociones y  habilidades artísticas, y el izquierdo lo es en lógica, habilidades visuoespaciales y lenguaje. Dicha especialización se llama ‘lateralización’, y existe en menor grado en otros primates.

Que el cerebro esté subdividido resulta vital para su plasticidad: no tenemos un cerebro sino dos, unidos por gruesas fibras formando el cuerpo calloso, que conecta ambas mitades y permite el traspaso de información vehiculada al cerebro por los sentidos. Con esa distribución y con el cuerpo calloso intacto, en caso de fallo en una mitad la otra puede ‘compensarlo’ y suplir el daño. El estudio de pacientes con cerebro escindido (en que no existe cuerpo calloso o este ha dejado de funcionar) muestra alteraciones de las funciones que requieren la interconexión de ambos hemisferios y su trabajo en paralelo. Por ejemplo la prosopagnosia, que consiste en la incapacidad para reconocer los rostros de personas conocidas, incluido el propio. 

Sin embargo, un dato resulta chocante: sería esperable en tales pacientes alguna disociación de la personalidad, un síndrome esquizofrénico, puesto que operan simultáneamente dos cerebros no conectados. Pero no es eso lo que se observa: los datos no son congruentes. ¿Dónde reside el yo, la identidad, que no parece afectarse por ese tipo de lesión? Algunos pacientes no reconocen como suyos sus miembros, típicamente un brazo o una mano. Sin embargo, incluso entonces continúan manteniendo ser ellos mismos.

Una de las hipótesis es que el yo sea una ilusión, idea no tan nueva (Descartes concebía la certeza y la continuidad sobre el yo como “sensaciones”), y que el correlato neurobiológico sea uno de los módulos del cerebro localizado en la corteza. Gazzaniga ha ido más lejos y le ha dado nombre: intérprete, localizándolo en el hemisferio izquierdo. Se trataría de esa porción de materia gris obsesionada por encontrar un sentido a todo cuanto percibe, tanto en el exterior como el interior. Es el intérprete quien guía nuestras percepciones e interpretaciones y también la inscripción de los recuerdos y las creencias. Y cuando no recibe datos suficientes…  ¡inventa! Sería el intérprete quien permitiría que tengamos por verdaderos recuerdos falsos. Pero, ¿es la existencia del intérprete un dato relevante? 

Sí, sí lo es. Lo es porque nos lleva directamente al núcleo del yo y de la identidad. Del mismo modo que el intérprete distorsiona la inscripción de recuerdos y creencias inventando un pasado ficticio, resulta cada vez más plausible que la experiencia de identidad y unicidad del yo sea también un producto de ficción del intérprete, hipótesis congruente con las observaciones del funcionamiento de la mente en pacientes con cerebro escindido pero experiencia de la identidad intacta.

El ámbito de la cognición, el a priori menos sometido a la tiranía de la emoción e inconsciente, está también sesgado. La aproximación neurocientífica revela que las decisiones racionales son tomadas antes de que intervenga el neocórtex, que actúa post-hoc, racionalizando y justificando la elección  que el intérprete ha tomado por ‘nosotros’. El libre albedrío, uno de los pilares en que se asienta nuestra civilización desde la Grecia antigua, cae ahora pues en descrédito a medida que se desentrañan los estratos en que se organiza la mente humana. 

En definitiva, cuanto se está descubriendo sobre la identidad y los procesos que nos permiten actuar con inteligencia arroja resultados poco halagüeños para nuestras  expectativas. Inteligentes, curiosos, imaginativos, creativos… Si bien en la misma medida también somos presuntuosos, cretinos y crédulos. Resulta encomiable que los padres fundadores nos encomendaran desde Delfos el autoconocimiento. Hoy, sin embargo,  ninguno se reafirmaría en ello sin arriesgarse a salir luego por la puerta trasera … ¡con el rabo entre las piernas!

Una versión más extensa de este artículo fue publicada en el web http://www.escuelaconcerebro

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