EL OJO by Scarlet Cabrera

«La ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.»
Milan Kundera

La redondez de la luna llena había transmutado a una irregular hebra blanquecina, una espesa niebla deformaba su belleza haciendo de tan tradicional embrujo, una sátira de luz dibujando espectros claroscuros en la infinitud.

Dafne masticó con desgano el grueso trago del insomnio, cerró la ventana y volvió al salón —sobre la mesa— la novela de Kundera «La insoportable levedad del ser» parecía observarla con el ojo de su peso. Sonrió, se imaginó el absurdo del libro mutado como un virus esculpiendo desde la portada, a un insolente e insoportable ser vivo. Lo miró fijamente, se sentó en el sillón —lo tomó entre sus manos— retomó la lectura sensitivamente perturbada ante su imposibilidad de dormirse aunque extenuada por el agobio del día. Cada músculo inflamado, la mente agotada, los parpados comprimidos.

Comenzó a leer en voz alta ilusionándose con que el timbre de su voz terminaría por doparla pero lo que sintió fue a la gravedad incrustándola en la tela del mueble el cual inexplicablemente estaba más duro que una roca. De pronto, se escuchó preguntándole a las hojas como si fuesen capaces de responderle. Su desagrado iba in crescendo de la misma forma como se alza el océano enfurecido devolviendo ataque por indignación frente a esas tormentas que osadas, alteran la quietud de sus aguas, transmutando a la placidez de una noche serena en el azote que los atrevidos pescadores soportan buscándose la vida.

—Dime —expresó llena de cólera—tú que magistralmente expones el significado del peso y la levedad en la existencia ¿Podrías ahondar más y explicarme dónde habita la esencia qué da sentido al silencio cuándo grita por dentro? ¿Pesa más el peso de su desespero qué su levedad por intangible? Es que resulta que en mi caso, experimento una constante carga carcomiéndome las entrañas, las vísceras las tengo en el centro del cerebro contaminándolo con el hedor nauseabundo del vacío existencialista, irresolutas incógnitas que no cesan de aullar.

—¿Cómo se fue instaurando el horror de la rutina y su confort de espejismo, convenciéndonos de que ~sí y solo sí~ estaríamos seguros únicamente bajo sus pies?.

…pero ¿Seguros de qué? La monotonía es la verdadera carga, gravamen que nos obliga y domestica convirtiéndonos en siervos del no atrevimiento adaptándonos a un existir plagado de acciones mecánicas, movimientos electroconvulsivos cuyo trasfondo es el miedo, miedo a revelarnos contra el statu quo sobreviviendo minuto tras minuto de una manera miserable.

—¿Por qué no acabamos de aceptar la finitud del existir y ampliamos el abanico, en vez de inventar barrocas sintaxis ansiosos por desmitificar a la mortalidad, burlón relojero viéndonos danzar descabezados aupando a la obligatoriedad del deber versus la libertad del alma?.

…y ¿Qué es el alma sino el pedestal que trasmuta a una palabra más en el reino terrenal de la belleza, de la traslúcida emoción sin cadenas? El árbol torcido ha crecido bajo un cielo gris, sus sueños se han vuelto árbitros en la estéril pugna interior, abismo alimentando a la pesadumbre a costa del brillo que tuvo el ojo del magno sueño, aquel de sangre caliente y efervescente, piedra angular del paraíso perdido ¿Cuándo estuvimos en venta qué ni siquiera nos enteramos del misérrimo valor qué tuvo nuestra alma en la subasta de los castrados? Somos la plusvalía de una pesadilla, la justificación que ha revuelto en una pandemia al motivo perfecto para volvernos a vender ~pero esta vez~ el precio es de subsuelo porque…—Un escalofrío la sacudió, el cuerpo se le fue endureciendo como si la hubiesen cubierto con una tonelada de hormigón cuya gruesa liquidez fraguara inmediatamente ¡Sabía que se avecinaba! En un cuántico instante rememoró los implacables ataques de ansiedad que padeció durante toda su infancia, el pecho aplastado, la respiración imposible, el corazón a punto de reventar. Había arribado la hora del terror.

En la silla frente a ella, Milan Kundera se materializó tal holograma, hablaba pero ella, no le entendía nada ¡Estaba tan aterrada que creía morir! Kundera se calló y ahora solo lloraba, Dafne comprendió el signo de su rostro, la descarnada empatía que emanaba de su piel, llovizna salada tocándola profundo desatándole el nudo que le oprimía al corazón. Lloraron juntos con ese llanto que ha sido reprimido por años y cuando brota, hace ríos demenciales calmando la sed de verdades que palpitan anidadas entre señuelos en las pistas de la duda. Dafne balbuceaba repitiendo lo mismo una y mil veces —¡Perdóname! No hay ninguna levedad, ninguna, ninguna. Intuías pero ¿Cómo hubieses podido siquiera imaginar en los pasos de tu mundo la magnitud del peso que nos enterraría a futuro disfrazado de «graciosa» levedad? En este presente que no conociste lo único que se ha consolidado es el peso invisible —nosotros, los comunes y corrientes— tenemos pegado al cráneo un descomunal meteorito que de tanto, se ha vuelto hueso. La humanidad es el infierno de las paradojas, embudo desmembrando a fuerza de incoherencias cualquier indicio de raciocinio que pudiera suscitarse en alguien que como tú, indagara detrás de la fachada al meollo de la levedad, es que… ¿Cómo explicarlo? es solo gravedad exponencial clavando al ser en un agujero de gusano, estirando su sustancia tal muñeco de poliestireno ¿la libertad y su levedad? ¡El gran mito! alucinación que no está a disposición de los encadenados al meteorito. Nosotros, los diseminados, fungimos como hormigas ofreciéndonos en sacrificio en el eterno retorno del 24/7/365. La libertad es el Grial y es de uso exclusivo, disfrute de los homogéneos.

—…por eso necesitamos aferrarnos a la pseudo seguridad del estribillo acomodaticio así produzca esa horrible sensación de espasmo a lo zombie, así tengamos que doblegar a los instintos detrás de pegajosos vendajes, practicando hasta la blasfemia de besar apretando los párpados como si fuesen cicatrices mientras los labios laten lejos de esas bocas; aterradores besos esclavos de la costumbre. La imaginación es la Diosa, el arte su espíritu ¿La inspiración? el lazo entre los dos mundos, virtud inyectándonos la mágica inducción de dopamina si es que todavía, no nos han arrancado el alma con la levedad de la mentira repetida, repetida, repetida —tanto, tanto— que finalmente, la interiorizamos como una idea propia y convincente.

Dafne no podía parar de llorar —Kundera ya no estaba— la levedad del descubrimiento se lo había llevado.

«Quien busque el infinito, que cierre los ojos.»
Milan Kundera

Scarlet Cabrera

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