Amar en los tiempos de internet.

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Una nueva red social se está imponiendo entre los más jóvenes adictos, relegando a un segundo plano a otras que parecían, hasta ahora, inalcanzables. ¿El truco? Pues según parece, el objetivo fundamental de esta nueva red es el de terminar con el llamado “postureo” que inunda internet, de tal suerte que, según cuentan los que las usan, todos los usuarios se pasan el día certificando con fotos todo lo que hacen – ya sea una suculenta comida o despeñarse desde un rascacielos justo antes de estamparse contra el suelo- dando la falsa impresión de que todos son enormemente dichosos, felices y la vida es generosa con ellos. Al final, parece que tantos testigos de esa falsa felicidad reclaman una especie de sinceridad digital, algo así como un certificado de que lo que están mostrando sea verídico. O tal vez sea que dan por seguro que en estos tiempos que corren – en los que encontrar trabajo es una odisea, que te paguen un salario digno una heroicidad y disfrutar de una vida millonario, altamente improbable – se necesita algo más de honestidad. Y en eso radica su éxito. Se busca lo auténtico, lo real, lo verdadero.

Es decir, se asume por defecto que la vida consiste en compartir públicamente tus experiencias íntimas mediante fotos, vídeos y demás, para demostrar a todo el que lo quiera ver, que estás de vacaciones en la playa, que te estás zampando una langosta del tamaño de una ballena o que te estás poniendo hasta las cejas de la nueva bebida purple drank, a base de codeína y Sprite.  O simplemente que tienes una figura de escándalo, que tu bikini cuesta más que un traje de Dior o que tienes un velero. Pero, en cualquier caso, que sea verdad y si dices que estás en las islas Fidji, que lo demuestres.

Reconozco que siempre me ha llamado mucho la atención esa obsesión de las nuevas generaciones por exhibirse al mundo sin tener demasiado que mostrar, aparte los piercings, los abdominales, el corte de pelo y el último tatuaje que te has hecho. Pero me asombra aún más la absoluta y total ignorancia que demuestran ante un problema tan real como grave, como es el hecho de que eso, queda ahí de por vida. A partir de ese momento, cuando vayan a buscar empleo, las empresas – ya lo están haciendo – van a ir a comprobar en las redes qué perfil es el de esa persona que dice que quiere trabajar con ellos. Claro que a lo mejor me llevaría yo la sorpresa si le viera a la de RRHH todos los piercings y “tatoos” que esconde.

Todo ello me lleva a reflexionar acerca del modo en el que hoy en día se establecen las relaciones entre los pertenecientes a estas generaciones. Obligatoriamente, tiene que ser a través de internet, porque al parecer, no usan otros canales.

Hubo un tiempo – tampoco estoy hablando de los tiempos de Chindasvinto – en el que las personas se conocían cara a cara. Hace tan sólo unos treinta años atrás, supe de un caso de alguien que comenzó a vivir la transición de un viejo sistema tradicional al actual cibernético.

El hombre se acababa de divorciar, lo cual, ya de por sí era traumático, pero, además, se encontró con la circunstancia de que llevaba tiempo “fuera del mercado”, y por ello estaba más perdido que un garbanzo en una paella.

Acudir a los amigos de siempre estaba casi descartado, pues la mayoría – en esos momentos – todavía no se habían divorciado – como ocurriría años después – y por tanto no conocían las circunstancias especiales a las que más tarde deberían enfrentarse. Era pionero en esas experiencias y como pionero, tenía que enfrentarse a peligros desconocidos.

Esperar a que alguien llamara a su puerta era tan ingenuo como imposible. Pero todavía quedaba una posibilidad. Tenía un amigo. Un amigo con el que había perdido el contacto, precisamente por su divorcio (el de su amigo).

Su amigo se ofreció a ayudarle y presentarle a gente, cara a cara, como se hacía todavía en esos tiempos. “Son todos divorciados y se juntan en una cafetería un día a la semana.” El novato aceptó con cierto recelo la invitación. Él no era muy amigo de formar parte de ningún club de nada. Por no ser, ni era socio del Real Madrid. Pero, se dijo que, por probar, no iba a perder nada. La alternativa era quedarse en casa lánguido, apagado, mustio y más solo que la una.

Según contó después de la experiencia, al abrir la puerta de la cafetería se encontró con un gentío que abarrotaba hasta la bandera el amplio local y sintió cómo las miradas de todos ellos se clavaron en él, como si acabara de entrar el pistolero en el “saloon” de una película de vaqueros. Fue en ese preciso instante cuando tuvo la sensación de adentrarse en una especie de submundo, de una civilización oculta, subterránea y secreta, integrada exclusivamente por divorciados y divorciadas, que, por aquel entonces, se percibían como una especie de parias sociales o cuando menos, “gente rarita”. Dicen que no hay una segunda oportunidad para una primera impresión y la suya fue la peor. No le gustó el personal, la atmósfera – más propia de un mercado de carne – ni el “buitrerío “que allí se respiraba. No regresó jamás a la cafetería.

A partir de ese momento reflexionó acerca de cuál debería ser el procedimiento a seguir para responder a la pregunta “¿cómo dejar de estar solo?”. Se preguntó qué tipo de persona podía encontrar en la barra de un bar a las tantas de la madrugada, él que no era ni por asomo, parroquiano frecuente de ninguno y que bebía con tanta moderación que estaba tan sólo un escalón por encima del abstemio total.

Fue así, cavilando, pensando y reflexionando mucho, como llegó a la racional y cartesiana conclusión de que debía comenzar a usar internet para conocer gente. Hablamos de comienzos de los años 90. La idea no le agradaba nada en absoluto, pero tenía que elegir entre la barra de un bar atestado de divorciadas anhelantes y hombres casados sin anillo, o internet. Evidentemente, eligió lo segundo.

Ese planteamiento de hace treinta años hoy ya está superado, desfasado, demodé. Hoy en día, ni siquiera es necesario pasar por un divorcio para plantearse si uno acude a internet a buscar amigos, rollos de una noche o pareja estable. Hoy, por defecto, todo pasa por internet. Sobre todo, los usuarios de la llamada generación Z (nacidos entre 1996 y 2010) y millenials (entre 1981 y 1996).

Según una encuesta llevada a cabo por una conocida revista ([1]) el pasado año 2021 en la que participaron 2.700 personas, el 16% de las parejas que contrajeron matrimonio se conocieron a través de Tinder y Badoo, aunque también hay otras redes (Instagram, Facebook) dependiendo de la edad del usuario. Una de cada seis parejas contrajo matrimonio, siendo uno de los más conocidos el de Álvaro Morata – jugador de fútbol – con una influencer italiana llamada Alice Campello.

Cabría pensar que llegados a esta era de la hiper conexión, internet es el único medio utilizado para establecer relaciones personales. Afortunadamente, no es así, y los amigos – ahora sí – siguen siendo una baza importante a la hora de establecerlas. Así lo confiesa aproximadamente el 35% de los encuestados. Sin olvidar las otras fuentes naturales de contacto como son los centros educativos – colegios, universidades, etc. – las empresas o los lugares de ocio frecuentados en común o las aficiones o deportes.

Y aunque esta nueva forma de experimentar las relaciones de pareja pudiera hacernos pensar que con ello se ha perdido el romanticismo, nada más lejos de la realidad. Entre el 50% y el 70% de los encuestados, afirma que prefirieron el matrimonio porque querían dar un paso más en su historia de amor.

En cualquier caso, la tecnología lo único que ha favorecido es la multiplicación de las posibilidades de conocer a más personas, pero en modo alguno puede evitar que, en un momento dado, cuando en verdad se tiene interés en profundizar en el conocimiento de la otra persona, se haga imprescindible llegar al contacto cara a cara. Ahí entran en juego sentidos que, a través de la pantalla del ordenador, la del móvil o la tableta, son imposibles de percibir. Escuchar la voz al natural y no a través del altavoz; sentir la mirada del otro; rozar su piel; sentir su perfume. Nada de eso es posible por mucha tecnología que se tenga.

Las fotos, están bien para tener una idea global, aunque no debemos olvidar la existencia de Photoshop. Pero siempre hay que tener en cuenta que la mejor manera de conocer a alguien es dejarle hablar.

Una vez, hace muchos años, una persona me dijo: “de lo que rebosa el corazón, la boca está llena”.

©  Carlos Usín


[1] Bodas.net

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