BELLEZA by Pedro Martínez de Lahidalga

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Contemplé tanto la belleza, que mi vista le pertenece” (Constantino Cavafis)

Siendo muy joven -sombrías primaveras de la pubertad- la tentación la tenía clavada con chinchetas en la pared de mi cuarto, transfigurada en una foto de Brigitte Bardot (la hermosísima Camille de Le mépris, aquella obra maestra de Jean-Luc Godard que, años después, llegaría a visionar repetidamente en uno de los tantos cineclubs que fueran refugio de mi juventud). Después supe que la Belleza (así, con mayúscula) entendida como ese intento de control duradero de los signos propios de la adolescencia, era una cosa de los griegos (para el caso plasmada en Afrodita, diosa del Amor nacida de las olas) y cuyo trasunto romano en forma de Venus -la virginal e “impúdica” Venus de Itálica– pude contemplar con el arrobo del neófito en el Museo Arqueológico de Sevilla, a la sombra neoplateresca -belleza sobre belleza- del Pabellón de las Bellas Artes (también llamado Palacio del Renacimiento) en la Plaza de América del Parque de María Luisa.

 No lejos de allí (dejadas ya atrás las dos bes de la mítica B.B. actriz e ignorada esa otra be con mayúscula de “lo Bello” entendido como abstracción) por entre los perfumados naranjos pululaban las tan reales sevillanas ¡claro! con su perfil morisco y su presencia felina ahuyentando a las palomas que revolotean por sobre los azulejados estanques y fuentes de la plaza, lo que -a mis ojos- daba visos de autenticidad al falso (pero bello) mudéjar del que fuera Pabellón de Arte Antiguo e Industrias Artísticas y ahora convertido en Museo de Artes y Costumbres Populares; al paso, la alegre algarabía festiva de aquellas comparsas femeninas realzaban de realidad el gótico -más surreal que surrealista- del así llamado Pabellón Real, esa pequeña joya medio escondida entre sombras que termina por encaminarte sin remedio a los entreclaros de la terraza del kiosko Abilio, abrevadero donde -para remate- las ninfas hispalenses acostumbran tomar sus refrescos. O sea.

 Con estos antecedentes y la luna llena de Triana -orillas del Guadalquivir- espesando las largas noches de verano con una luz de fresa, a ver quién era el guapo que se resistía a tomar otro rumbo (humanamente imaginable) que no fuera enamorarse de alguna de aquellas bellísimas náyades benefactoras que frecuentaban esas aguas (si no las tan próximas del Guadaira) cosa que, pasado algún tiempo -y ciertos contratiempos- es lo que finalmente sucedió. Para entonces y dada la ocasión, ya le había cogido el gusto a despedir mis tardes melancólicas recorriendo despaciosamente los románticos paseos ribereños -en plan novio- con alguna de aquellas esfinges andalusíes a juego con el paisaje, muchachas que desprendían ese decidido aire aflamencado fruto de una belleza muy racial. Por contra, llegada la hora de la verdad -el momento penúltimo- la joven y guapa nereida redentora que emergió para salvar del naufragio a este despistado paseante venía en gastar un claro y sereno perfil cuasi nórdico, en ese su inicial punto de sazón que tanto me recordara entonces a la abrileña Ingrid Bergman de sus primeras películas suecas (previas a la etapa hollywoodiense) vistas -para el caso- en alguno de aquellos interminables ciclos de cine clásico que periódicamente se exhibían en la filmoteca… o al menos ese fue el flash que, como un relámpago, proyectó mi imaginario al verla ¡Touché!

 Tiempos del esplendor en la hierba inmersos -tan inconsciente como insospechadamente- en un mar de belleza, la vida disuelta en esa naturaleza virgen donde todo prodigio es posible mientras permaneces fiel al reflejo de tu propia burbuja. Mas pasado ese tiempo y a poco que te descuides, corres el riesgo de que esa regalada belleza -tan natural hasta entonces- se vuelva agónica si, en lugar de vivirla en ti y en lo que te rodea (en las ninfas, los pájaros, frutas, jardines, objetos…) cambias tu perspectiva y pasas a ir tras ella como un poseso -a perseguirla para poseerla- convirtiéndose de un plumazo en esa esquiva belleza que huye (aquella escurridiza “belleza convulsa” que anunciara André Breton como la única posible en esta nuestra modernidad). Un fenómeno éste que, a escala individual, es fiel reflejo de lo acontecido a los humanos como especie hace la friolera de treinta y dos mil años cuando, en las pinturas rupestres de Chauvet o de Altamira, dieran en representar a la propia naturaleza desde fuera (como si ellos no pertenecieran -no perteneciéramos- a esa misma condición) y cuyas imágenes plasmadas en la roca (bisontes, caballos, mamuts, ciervos…) crearon -ya para siempre- esa abstracción de lo viviente con la que llegar a apartarse del mundo y pasar a ser sus espectadores. De ahí a “elevar” ese universo al campo de las ideas o a intentar dominarlo mistificadamente mediante el invento de los dioses, solo había un paso o -a lo sumo- dos. Pero esa ya es otra historia…

 Llegado el caso, para reflexionar sobre el escalofrío de la belleza (que para no pocos pensadores, en cuanto a proporcionar la propia felicidad, es un valor más importante aún que la verdad) me he inclinado por hacerlo -no desde fuera– sino desde dentro, literaturizando algunos ejemplos (siquiera mínimos) de las propias e intransferibles experiencias personales sentidas pues, como advirtiera nuestro gran humanista Santayana (1863-1952) en The sense of beaty: “Sentir la belleza es mejor que comprender cómo llegamos a sentirla”. Con ello, evito además el ponerme pesado intentando desarrollar las derivaciones metafísicas de su naturaleza abstracta o escudriñar en los fundamentos de tan enigmático y jubiloso fenómeno; para eso ya tenemos a los clásicos, empezando por la tan difícilmente mejorable definición platónica, esa de que “La belleza es el esplendor de la realidad, de la forma, del orden”, aunque luego viniera el pragmático Charles S. Peirce (1839-1914) a darle la vuelta a la tortilla “La Verdad es el resplandor de la Belleza” y ya así, de paso, proponer esa idea (tan difícil de digerir por algunos, si no por muchos) de que las categorías éticas parten de las propias condiciones estéticas. Algo que, no por intuido, deja de sorprender al personal.

 Para los que tenemos tendencia en asumir la tan humana actitud nietzschiana (incluida en uno de sus aforismos en La Gaya Ciencia) de intentar extender un velo de belleza sobre la realidad (pretensión que viene a constituir el único modo terrenal de superar esa necesidad vital que rige todo acontecer y a la que nos vemos ineludiblemente sometidos) ver lo necesario como bello te permite ser uno de esos seres privilegiados consagrados en hacer bellas las cosas. Casi nada.

3 Comentarios Agrega el tuyo

      1. Butterfly dice:

        My pleasure 🤠
        Have an awesome day!! 😉👍
        Butterfly 🦋

        Me gusta

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